El Vesuvio desde Napoli
Calle napolitana
"Lo malo de los reportajes es que uno tiene que contestarle en el momento a un periodista todo lo que no supo contestarse a sí mismo en toda la vida... Y encima pretenden que uno quede como inteligente..."
Hoy han venido a instalarme el teléfono fijo e Internet, pero parece que de momento no funciona. Sigo actualizando y escribiendo desde el Empatía, el bar en el que todos los que somos un poco viciados nos vemos por las tardes.
Ya escribí hace tiempo sobre la situación política aquí en Italia, y hoy quiero hacerlo de la forma de ver el mundo de la sociedad italiana. Aún no sé demasiado, y quizá peque de bocazas, pero las impresiones que he recibido hasta el momento y las comparaciones con los otros chicos erasmus me hacen pensar que no me equivoco mucho. Lo que más me ha llamado la atención es, sin duda, el machismo. Reconozco que nunca he sido gran amante de mi patria (será por eso de haber nacido en Jerez, crecido en Gran Canaria y estudiar en Sevilla, que no me siento de ningún lugar), y que siempre critico a España por todas sus carencias. Es cierto que estaba absolutamente convencida de que éramos de los más retrógrados en muchos aspectos, algo que en parte tenía su lógica por la horrible dictadura de la que aún nos estamos curando y por la que tantas lágrimas he derramado. Pero la realidad me ha dado de bruces en la cara. Cosas como: “No me compro estos zapatos porque a mi novio no le gustan”, “¿por qué dejas que él friegue los platos?”, “no me he ido de viaje con mis amigas porque estaba con un chico” son de uso común entre las jóvenes. Otro síntoma de machismo, y no sé si quizá el que más, es la televisión. La figura de la azafata modelo, que en España la hemos recuperado con La Ruleta de la Suerte, aquí está absolutamente vigente. En el mismo programa, en su versión italiana, tiene a una especie de mujer con tetas de silicona, minifalda y rubia platino. Los planos de los cámara son picados y contrapicados, dependiendo lo que se quiera enseñar (entiéndase qué parte de la mujer). Pero no es en el único. Prácticamente en todos hay una, dos o un grupo de chicas-modelo que no tienen ninguna función específica pero que ayudan a crear un decorado bonito. Hoy, además, he visto un anuncio bastante… simpático. Aparece una mujer mayor, de unos 60 años o más, en una casa antigua y con una máquina al lado. Empieza a hablar y nos cuenta que alguien de su familia se va a casar (¿sobrina? ¿nieta?) y que ya sabe qué regalarle: ¡una máquina para hacer pasta! Es igual que la que le regalaron a ella, pero motorizada para hacer el trabajo más fácil. Es obvio. No puedes contraer matrimonio si antes no te has especializado en el arte de satisfacer a tu marido con la cocina más selecta que puedas hacer.
Otro aspecto bastante distinto es la higiene. El mítico bidé que en todas las casas españolas sirve para colocar la ropa sucia o para lavarte los pies cuando apestan o los traes sucios de unas sandalias, en la bella Italia conserva su uso primigenio. Allá que se enjuagan todas con su Gel Íntimo a diario, pero de la ducha ni hablar. Quizá… quizá dos o tres veces por semana, y ya va bien. De la misma forma, el gran invento español de la fregona, que tanto nos facilita la vida, parece ser que aquí no está muy interiorizado. En casi todas las casas limpian el suelo con un trapo amarrado a una escoba. Se trata de mojar el trapo, escurrirlo y atarlo. Empiezas a limpiar y cuando te quede la mitad vuelves a cogerlo con las manos y repites la operación. En definitiva, solo esparces la suciedad del suelo y encima tienes que tocar toda la mierda.
Así que, visto lo visto, y por mucho que me pese reconocerlo, creo que en España se vive como en ningún otro sitio. Con todo lo que tenemos criticable, con nuestras horribles corridas de toro, con los millones que se lleva la iglesia, con la Semana Santa, con los capillitas, con los señoritos sevillanos, con la Duquesa de Alba, con la telebasura, con Gran Hermano, con la Terremoto de Alcorcón, con las obras de Madrid, con el SAS, con las reformas de educación… Con todo esto, nadie más en el mundo puede tomarse una Cruzcampo en el Salvador, nadie puede hacer una tortilla de patatas como nosotros, nadie tiene un jamón serrano como el de Jabugo. Aish, como lo echo de menos…
PD/1: Otra cosa que no hay aquí son pipas. Pipas con sal, de girasol, de toda la vida. No existen.
PD/2: También me gusta que el español sea mi lengua materna. Me encanta llorar escuchando a Silvio Rodríguez cantando Ojalá.
Partimos de la base de que el ser humano es inconformista por naturaleza. Partimos de la certeza de que a veces parece que nada es suficiente para calmar nuestra sed devoradora de emociones. Y yo no sé si es que para ser escritor hace falta estar en un estado de tristeza y nostalgia constante o que realmente las palabras y las letras no se han hecho para mí. Podría en este instante hacer una crónica detallada de los cuatro días que he pasado en Roma con mi madre y mi hermano. Si quisiera, podría también hacer un artículo de opinión sobre mis percepciones de lo que un día fue la capital del imperio. Creo que incluso, si me lo propusiese, podría desarrollar un extenso reportaje de cinco folios (incluidas las fotografías) destacando lo más llamativo. Pero no. Quizá es que no soy periodista. Quizá es que estoy olvidando la profesión. Además, ya casi he olvidado el QuarkXPress.
En estos días me ha dado por pensar en todo lo que me falta aquí. Me falta una buena cruzcampo acompañada de una tapa de ensaladilla. También mis dos compañeras de piso-amigas-hermanas, con las que nunca salí de fiesta pero que me aguantaban a diario. Me falta mi camarada Adri, que en su cénit revolucionario está en la isla de Cuba, conquistando ideologías, y con él nuestra tercera militante, Carmen, trío de manifestaciones y protestas. Me falta mi Universidad de Sevilla (¡quién lo diría!) con su Liñán paseando por los pasillos y los cafés en la puerta. Me faltan mis paseos en bicicleta, a la orilla del Guadalquivir, en una tarde de otoño en la que las hojas se caén y el parque de María Luisa duerme a las ocho de la tarde. Me falta una conversación con John, en la que el alma saque a relucir sus arrugas más llenas de polvo. Y hablando de polvos, me falta él también. Echo de menos los besos que hacen daño y los arañazos en la espalda.
Finalizamos sin decir nada nuevo. Dejo dos semanas de este ciber-diario en blanco, sin decir nada. Ni reportaje de Roma, ni esbozo a Nápoles, ni esquela a Pompeya. Ni crítica a Téramo. Finalizamos como empezamos... y el que quiera saber qué tal estoy, ya sabe mi dirección.



Aquí dejo los hechos de lo ocurrido, la constancia de que todavía existe gente que cree en un asesino como Hitler (también los hay que creen en asesinos como Stalin), que piensan que por ser de otra raza eres alguien inferior, sin derechos, que no siente ni padece, que estás destinado al dolor eterno. Aunque supongo que es en estos climas en los que se lleva más al extremo el sistema de libre mercado en el que vivimos en dónde pueden darse movimientos de rechazo. En España, cuando gobernaba Aznar, eran muchos los que salían a la calle a protestar, los que criticaban sus decisiones de privatización, de quitar cosas a los obreros. Hoy, con Zapatero, las cosas malas parecen menos malas y se hace menos ruído. En Italia, con Berlusconi a la cabeza del país, se ha organizado una manifestación en Roma para el día 11 o 13 de octubre, no estoy segura de la fecha. Tengo planes de ir, y además creo que sola. Aunque ahora, visto lo visto, mi pregunta es… ¿merece la pena jugársela tanto?