El Blog

domingo, 16 de mayo de 2010

Maras. Cuando lo marginal se convierte en amenaza.


“Por mi madre vivo, por mi mara muero”. Éste es el lemas de lo mareros. No hay razonamiento, no hay lógica, no hay miedo. Sólo se puede llegar a percibir el asco más absoluto hacia la vida, la sensación de que todo está perdido y por lo tanto no importa jugarse la existencia en una rivalidad sinsentido. Para estos jóvenes, los días en El Salvador transcurren entre tatuajes, disparos, droga y sexo.





LA HISTORIA
El término mara procede de marabunta, una especie de hormiga africana que ataca en colectividad, siendo en conjunto una verdadera máquina de matar. Para encontrar el origen de estas bandas debemos remontarnos a los años sesenta en los Estados Unidos, en la ciudad de Los Ángeles. La prosperidad económica derivada del final de la II Guerra Mundial comienza a tambalearse y los gobernantes y empresarios empiezan a tomar medidas de carácter restrictivo: recorte de prestaciones sociales, cierre de fábricas, aumento de las horas de trabajo. Los principales afectados son los obreros, entre los que se encontraban grupos inmigrantes de Centroamérica que huían de las dictaduras. Estos ven cómo la pobreza les ataca cada vez con menos compasión, cómo las escuelas de sus hijos se caen a pedazos y cómo sus casas comienzan a parecer verdaderos zulos. Esta situación de marginalidad provoca que algunos jóvenes traten de apoyarse entre ellos, para lo cual forman pandillas.

La primera pandilla de la que se tiene constancia es la 18, nombre que recibe por ser ésta la calle en la que se situaba en Los Ángeles. Poco después, y para hacer frente a ésta, surgirá la Mara Salvatrucha. Ambas son todavía hoy potenciales rivales, a pesar de vivir en las mismas condiciones y tener los mismos escasos recursos. Paulatinamente, los inmigrantes centroamericanos irán regresando a sus países de origen, llevando consigo esta filosofía de vida y la convicción de que pertenecer a una mara es lo más importante para poder sobrevivir.

INGRESAR EN LAS MARAS
Para comenzar a formar parte de cualquiera de las maras es necesario pasar por un ritual que no deja dudas acerca de la agresividad que se respira en su interior. Para los varones, consiste en dejarse dar una paliza por el resto de miembros durante un tiempo variable (supuestamente, en la Mara Salvatrucha son trece segundos, por ser ésta la calle de Los Ángeles en la que nacieron, aunque si se muestra resistencia se comienza a contar de nuevo; para la Mara 18, dieciocho segundos). A las mujeres, en cambio, se les exige que mantengan relaciones sexuales con los miembros del grupo (puede ser desde tres o cuatro hasta la totalidad de los integrantes). Aún así, también pueden sufrir la misma prueba que los chicos.

En cuanto a la forma de identificación, los tatuajes son la principal herramienta para indicar a qué banda se pertenece. Los maras no dudan en tatuarse todo el cuerpo, incluido el rostro, con los símbolos propios de cada una. Los dibujos son casi una biografía. Tanto es así que, por ejemplo, entre los dedos índice y pulgar es fácil encontrar tres puntos que pueden identificar bien el asesinato de tres policías o bien la secuencia de “cárcel, hospital y tumba”, haciendo referencia al ciclo vital de estos jóvenes, que deben pasar por las tres experiencias.


CHRISTIAN POVEDA Y EL PERIODISMO
Conocer la vida de los maras de cerca, hablar con ellos y llegar a entender su situación no es fácil. Cualquier periodista que intente introducirse en uno de los grupos corre el riesgo de que los adversarios lo consideren uno más y pasar a estar en su lista de enemigos.

Christian Poveda era un fotógrafo y cineasta hispano-francés conocido por su interés en cubrir diversos conflictos alrededor del mundo para sacarlos del olvido. Hijo de padres españoles exiliados durante la dictadura franquista, nació en Argelia y se refugió en París con sólo seis años. Un reportaje sobre el Frente Polisario fue el que lo lanzó a la fama, aunque también trabajó sobre la invasión de EEUU a la isla de Grenada y diversos acontecimientos en América Latina. Sus últimos años de vida los dedicó a cubrir el fenómeno de las Maras en El Salvador. Durante dieciséis meses tuvo una estrecha relación con la Mara 18, tiempo durante el cual varios de los protagonistas del documental fueron asesinados. El resultado fue La vida loca, filmada con cámara al hombro y en la que se recoge la cotidianeidad del día a día. El documental se ha presentado en varios festivales, entre ellos el de San Sebastián, y se ha estrenado en varios países. En el caso de El Salvador, el cineasta había expresado su preocupación por llevarlo a las salas de cine debido a los altos niveles de criminalidad y la inseguridad que le provocaba, aunque sí se llegó a reproducir en museos y universidades.

No obstante, las precauciones no han sido suficientes. El 2 de septiembre del 2009 Christian fue asesinado. Su cuerpo fue encontrado con cuatro impactos de bala en el rostro. De momento parece que hay cinco personas detenidas como autores de su muerte, cuatro pandilleros y un policía, aunque no se ha dictado ninguna sentencia firme.

Coincidiendo con el Día Mundial de la Libertad de Prensa (3 de mayo), la Asociación de Periodistas de El Salvador, APES, solicitó que se esclareciera el caso del asesinato de Poveda. "En el caso de Christian Poveda hay capturas, se supone que se ha hecho un avance, pero no hay demostración pública de que se tiene certeza de qué es lo que pasó, por qué lo asesinaron, cuál es la relación de ese asesinato con el trabajo de cine que él hizo", declaró a Efe el presidente de APES, Rafael Domínguez. Aún así, en el informe de Reporteros Sin Fronteras de 2007 El Salvador aparecía en el puesto nº64 en cuanto a lo que se refiere a Libertad de Prensa, por encima de otro países como Argentina o Brasil.

Sea cierto o no que El Salvador es uno de los países donde mejor se puede ejercer el oficio de periodista, en cuanto a restricciones gubernamentales, las posibilidades quedan drásticamente reducidas si debemos lidiar con grupos y bandas callejeras de alcance internacional (incluso hay quien afirma que ya han llegado a España), pandilleros que disponen de armas y carecen de escrúpulos para tomarse la ley por su mano.

LA VIDA LOCA
El documental dirigido por Christian Poveda está disponible por trozos en YouTube. Aquí os dejo la primera parte. Espero que lo disfrutéis tanto como yo. Gracias a Javier Aguilar por habérmelo recomendado.


Cartel de La Vida Loca


PARA SABER MÁS

viernes, 14 de mayo de 2010

Ana enamorada

Aquella mañana, como tantas otras que marcaban su rutina perfecta, Ana se había levantado temprano. Le gustaba dormir desnuda para sentir el calor del nórdico directamente sobre su piel, para no enredarse entre perneras caprichosas que se obstinaban en trepar por sus canillas buscando dios sabe qué. Sin intentar taparse, se dirigió a la cocina y preparó la cafetera, divertida al pensar que su vecino vouyeaur debía disfrutar muchísimo con aquel espectáculo. En unos minutos estaba saboreando el sonido que indicaba que el café estaba listo y despertando con el cálido aroma que emanaba del otrora frío acero. Pero algo fallaba en la escena repetida hasta la extenuación cada 08:00 a.m. de cada día laborable. A diferencia de otras veces, se encontraba sola ante el ritual. Jorge no aparecía entre bambalinas ni attrezzos. De hecho no había dormido en su cama, ni había oído su canto en la ducha, ni la había besado mientras ella aún remoloneaba entre las sábanas, mojándole los párpados con las gotas de agua que caían de su pelo. Como lluvia de abril... como lluvia de abril.

Se habían conocido hacía casi siete años en un Madrid apático y nostálgico de felicidad. Ingenuos turistas, típicos visitantes, ambos esperaban para fotografiarse ante el portal del piso que alguna vez Calamaro tuvo en la capital española. Qué curioso. Ahora era ella quien, como los salmones, tenía que aprender a volver a casa, deshacer el camino de sueños e ilusiones. Río arriba, contracorriente.

Miró el reloj. Absorta entre tanto pensamiento se le había hecho tarde. Se vistió a toda prisa, apuró el último sorbo del líquido amargo y salió a la calle, despampanante doncella de ojos tristes. Caminaba a un ritmo uniforme, seguro, constante. De nada sirvió, pues al poco sintió un dolor agudo en el centro del pecho. No podía pasar por allí. Ante sus narices se mostraba, espléndida como siempre, la plaza cargada de naranjos en flor, el olor a azahar, los bancos vacíos que esperaban la llegada de los colegiales a la hora del recreo. Aquel había sido el rincón en el que Jorge y ella acudían cuando necesitaban viajar sin moverse de la ciudad, cuando el agobio y las prisas le pisaban los talones y obnubilaban toda predisposición a ser felices. Instintivamente, movida por el miedo indescriptible de cruzar la plaza, corrió hacia una callejuela estrecha esperando encontrar algo desconocido allí que le permitiese claudicar en sus conexiones mentales. Estaba nerviosa, respiraba profusamente, casi jadeando. En realidad, no entendía muy bien a qué venía todo aquello. Ya hacía algún tiempo que el fatídico desenlace tantas veces imaginado se había materializado de la forma más rutinaria del mundo. Una taza de café, un quiero ser tu amigo y el manido ya nos veremos fueron el broche final de un mundo que para ella había llegado a ser el único y verdadero. Se dejó caer cansada sobre una pared fría y blanca y se deslizó hasta quedar sentada sobre la acera. Fue entonces cuando sintió una especie de murmullo, unos ojos que la espiaban. Se asustó y pensó que debía resultar realmente patética allí tirada, huyendo de un parque y una voz desconocida. Al incorporarse se encontró frente a frente con un hombre al que identificó como un mendigo: desdentado, sucio, con la piel ajada y una sonrisa sin escrúpulos. Toma, bonita, le dijo. Mientras le alargaba su mano, Ana alcanzó a ver los dedos un tumulto de color, pétalos y espinas. Eso era precisamente lo que menos necesitaba, no quería rosas en su vida, no quería nada que le recordase a él. Sin esperar una respuesta, el hombre se deshizo de su regalo colocándolo a los pies de Ana, se dio la vuelta y desapareció. Motivada por un natural instinto curioso, se agachó para inspeccionarlo. Lo miró como si entre sus hojas se hayase un codiciado secreto, lo olió aspirando con fuerza, tratando de rememorar alguna noche de pasión. Entonces descubrió una nota minúscula debajo de la flor. La leyó.

“Bodtoie. No una rosa. Esto es un bodtoie. Huélela cuando lo necesites y volverás a enamorarte. ¿Magia? Quizás...”

Aquello parecía una broma de cámara oculta. De repente una extraña sensación se apoderó de ella. Ana trato de contenerse, pero le fue imposible y una tímida sonrisa apareció en sus labios que por primera vez en mucho tiempo expresaban alegría. No podía ser cierto, pero sin previo aviso sentía unos deseos irrefrenables de buscar al mendigo.

lunes, 10 de mayo de 2010

Excursión a Montserrat

Hacer excursiones es algo que me divierte desde pequeña. Pasar un trayecto relativamente corto mirando paisajes, cantando u oyendo canciones, imaginando qué encontrarás al final del camino. Entonces llegas y te dispones a explorar una zona desconocida, a descubrir los secretos que se encuentran entre ventana y ventana, en los ojos de las cerraduras.

Ayer organizamos una de estas excursiones al Monasterio de Montserrat. Bien es sabido que no soy una santa devota y que más bien se me podría calificar como atea, por lo que aquello que más me emocionaba no era pensar en poner mis pies bajo techo sagrado, sino hacer el camino que llevaba hasta aquella construcción, sentir a las montañas rodeándome, volverme pequeña ante un mundo gigante y magnífico. Lo cierto es que de todos los que viajaban en el vagón fuimos los únicos que optamos por esta opción más sana y económica (la cremallera costaba 8€). Así que, algo asustados por la advertencia de una caminata de cerca de dos horas, nos pusimos rumbo a nuestro santo monasterio. La primera parada era en Monistrol de Montserrat, un pueblo de 3000 habitantes, en el que pudimos disfrutar de un espectáculo propio de las tierras catalanas: los castellers. Una masa de hombres que hacían fuerza conjunta para que nadie sufriera, para proteger lumbagos, espaldas y cervicales. Niños que trepaban hasta llegar a lo más alto, que se colgaban de brazos y piernas, que enredaban sus pequeños pies entre las canillas de cualquiera. 

Allí nos indicaron la dirección para empezar nuestra ruta de senderismo. Al principio, caminos angostos, trepar por piedras, saltear algún que otro barrizal. Al poco, todo se hizo mucho más sencillo. Terreno llano y casi todo el tiempo cuesta abajo. ¿Que cómo era posible descender si el Monasterio estaba sobre nuestras cabezas? Lamentablemente, nadie se hizo esta pregunta. Después de caminar durante más de media hora desembocamos en una carretera, aunque lo que más nos sorprendió fue ver un letrero que indicaba que para llegar a nuestro monasterio debíamos deshacer todo lo andado. Refunfuñamos y protestamos, pero no había más remedio que dar media vuelta y tratar de descubrir en qué punto nos habíamos desorientado... Lo cierto es que nos habíamos confundido nada más empezar, justo en el momento en el que se iniciaba el afable camino. Como ya eran más de las dos de la tarde y el tiempo invertido hasta el momento nos había dado cero beneficios, tomamos la más sabia decisión: bajar de nuevo a Monistrol y bebernos unas buenas cervezas en honor de todos los santos de este mundo. 


Después de dos jarras de medio litro y una tapa de ravas, a precios populares y rurales, llegó el momento de volver a Barcelona. Una visita rápida por las calles, un par de fotos a algunas puertas antiguas, a candados oxidados y a ventanas rotas. Finalmente, caminamos bajo la lluvia y cogimos el ferrocarril que nos devolvía a la gran urbe, a la masa de hombres que no se abrazan, a las montañas de gases que emanan de los coches. A las cervezas a 3€...

martes, 27 de abril de 2010

Diálogo con nadie

Los días siguen pasando. Paso las hojas de mi agenda y mamma mia, ya tengo marcados los exámenes de mayo... dentro de dos semanas. Pues me da vértigo, oiga. Licenciada. Yo, profesional en Ciencias de la Comunicación. He intentado exprimir al máximo mis años universitarios, he querido sacar provecho a cada instante, viviendo cada experiencia que me era ofrecida porque era consciente de que es era entonces o nunca. Y aún así a veces considero que no he hecho lo posible, que casi no sé nada de la radio o de cómo modular mi voz ante un micrófono, que sigo dudando sobre si mi lead será el correcto o no, que mis criterios de noticiabilidad siguen siendo opuestos a los que veo en las portadas de los periódicos. ¿Es verdad que todos pensamos lo mismo?

Barcelona tiene los días contados. ¿Triste? Creo que no... la ciudad Condal no ha llegado a atraparme, a diferencia de lo que ocurrió con Sevilla (cómo la adoro), Roma o incluso mi pueblecito del Abruzzo. Sin pena ni gloria, como se suele decir. Es cierto que han proliferado los teatros, la música, los festivales. También que no hay un segundo para aburrirse. ¡Cómo va a haberlo si cada día pierdo de dos a tres horas en transportes públicos! Nada puedo decir de las personas que he conocido y que ya no olvidaré (y creo que de esto ya hablé en otra entrada), de las cenas semanales, de que por primera vez en mi vida tengo amigas y no amigos. Pero... verá usted, a veces pienso en toda esa gente que va en el metro con las caras arrugadas y serias y se me cae un poquito el mundo encima. Me gusta ir en bicicleta por una ciudad que esté habilitada para ello, y no tardar más de 20 minutos en plantarme en casi cualquier lado. ¿Y qué me dice de entrar en un bar y que el camarero empiece a hablarte como si te conociera de toda la vida? Para más inri, la playa, que podría actuar como salvadora de muchas situaciones, resulta que está llena de turistas y ladrones, y que si voy no puedo cerrar los ojos ni un segundo; que la arena parece picón y que al entrar al agua apenas alcanzo a verme la palma de la mano ¿cree usted que una isleña puede soportar algo así?

Ay, ¿Que por qué escribo esto, si no estoy triste? Ya se lo he dicho, porque me da vértigo. Porque ahora vienen planes de futuro (incierto), elegir un camino. Equivocarme y volver a empezar. Pensar en dos y no en uno. Aparcar momentáneamente las elecciones personales y buscar el sendero común. Ya... ya sé que todo saldrá bien. No lo dudo.

Le diré un secreto: ya tengo casi seguro en qué quiero especializarme.

jueves, 15 de abril de 2010

Aprender a escribir

El uso de la palabra me otorga un placer difícil de describir. Por eso lo hago, por eso pienso historias, las escribo en servilletas y trato de darles forma cuando puedo. Por eso regalo cartas, porque me resulta más fácil decir lo que pienso a través de una hoja en blanco. Pero yo también, como sujeto medianamente activo de esta sociedad, a veces acabo formando parte de la espiral horrible de las obligaciones, del llegar tarde a casa y de preferir veinte minutos de ordenador a media hora leyendo... y resulta que darme cuenta de ello, de mi dejadez, acaba doliendo. Este principalmente ha sido el motivo que me ha incitado a apuntarme a un curso de Escritura Creativa, el tener la 'obligación' de acudir dos horas a la semana a un rincón donde poder hacer aquello que más me gusta, de alejarme de las clases, los estudios, los amigos, las cervezas o las películas y leer en voz alta las pequeñas creaciones que salen de mis dedos.

Aún no puedo valorar. La primera clase ha tenido lugar esta tarde, y el ejercicio ha sido curioso. Utilizando la palabra ESPEJO como acróstico hemos ido diciendo otras palabras con cada una de sus letras, y la profesora ha elegido las que le parecían más convenientes. Al final, teníamos:

Espejo
Sopa
Pantera
Entresuelo
Julepe
Ocultar

Último paso. Escribir. Lo que se nos ocurriera, de manera continuada, sin parar, sin tachar, sin pensar. Tiempo: 15 minutos. Requisito: utilizar todas las palabras. Resultado...

"Acabó el último sorbo de sopa, con un sonido incómodo que habría molestado a cualquier invitado. Pero estaba solo, tan solo como cada noche. La habitación estaba en penumbras y la vieja lámpara colgando del techo apenas alcanzaba a iluminar sus dedos gordos e hinchados. Soltó la cuchara sobre el plato y, con un movimiento que daba lástima, trató de levantarse de la silla. Cojeando, con una de sus manos sobre el lumbago (¡pobre viejo!) se tumbó en la cama desvencijada y polvorienta, con unas sábanas que comenzaban a oler a orín. era a esa hora, apenas las diez de la noche, cuando sus pensamientos comenzaban a divagar, a recorrer las vidas que una vez vivió y todas aquellas a las que no tuvo tiempo ni siquiera de presentarse. De repente ella había entrado en el habitáculo, desnuda, joven, radiante. El pubis demostraba un gusto exquisito por ser mujer, una pasión hacia la condición que la naturaleza le había otorgado. Él trató de ocultarse. Tenía 16 años y estaba asustado, el corazón palpitándole en el pecho, las hormonas viajando, el cerebro descompuesto. Pero ella seguía firme en su propósito, salteaba muebles, sillas, calcetines y pantalones. Era como una pantera desesperada buscando a sus cachorros. Sólo sabía que la ternura que recibió de sus abrazos nunca la encontró en otro lugar... Todo evaporado. Todo fuera. ¿Y ahora? Sus amigos, su madurez después del trabajo. Jugar al julepe cada tarde con un buen vaso de vino, reírse mientras el tiempo pasaba y los malditos falangistas seguían dando tiros en la calle. En la realidad, en la habitación sin luz del plato de sopa vacío, el viejo únicamente alcanzó a ver sus ojos en blanco reflejados en un espejo. Su último suspiro quedó enterrado en el entresuelo."

sábado, 20 de marzo de 2010

La chica que soñaba con un beso y un puñal en el corazón

El ser que yo era, ya no soy. El ser que creía ser, el sentimiento personificado, la atónita tonta sensible. ¿A dónde fue? Desnuda ante el espejo. D-E-S-N-U-D-A. Qué gracia, tengo pelos en las piernas y resulta que no me importa. Resulta que hasta me gusta la pequeña curva de mi vientre. De cerveza.

La agonía puede matar
o puede sustentar la vida
pero la paz es siempre horrible
la paz es la peor cosa
caminando
hablando
sonriendo
pareciendo ser.
Charles Bukowski

Por eso temo la tranquilidad. Por eso enloquezco y doy vueltas dentro de mi habitación y la cabeza me gira insistentemente cuando todo marcha de la mejor forma posible. Necesito la emoción, la incertidumbre, enamorarme cada día de nuevo, que se me derrame el corazón cada vez que te vea aparecer. Necesito ciudades desconocidas en las que emborracharme a la orilla del mar. O del río. O de una fuente cualquiera... Perderme en los cascos antiguos y aborrecer la perfección de las nuevas construcciones. Calles paralelas y perpendiculares, dais pena. La risa se me ahoga ante el descubrimiento de que alguien me persigue. Correr para ponerme a salvo. La imaginación al poder y las llaves en la mano. Trasnochar cada fin de semana no me satisface. Tengo orgasmos más placenteros cuando los sábados, a la una de la mañana, escucho canciones mágicas y leo los poemas que siempre soñé escribir.

¿Y la tranquilidad de mi ser que yo sé que ya no es? Cualquiera sabe. Por eso me encanta y odio sentir celos cuando me dices esas cosas. Celos que me trastocan, que me revolucionan, que me hacen SENTIR. Ya ves... El miedo horrible y fantástico de pensar en lo que podrá ser pero sé que no será.






viernes, 19 de marzo de 2010

Ética periodística

Información. Mercancía. Libre comercio. Bajan las ventas de diarios. Publicidad. Majors.
¿Qué hacemos con eso que llaman ética periodística?

Ya en primero de carrera hice un trabajo para la asignatura de Teoría de la Comunicación sobre la objetividad en esta profesión. Es cierto que no existe, que la simple elección de una palabra u otra supone dar connotaciones que los hechos en sí mismos no tienen. Una imagen, un comentario, un plano... todo influye para que el espectador reciba un mensaje cargado de significados.

A raíz de un vídeo que recibí ayer vía mail sobre las protestas de las Damas de Blanco en Cuba, he sentido curiosidad por ver qué tratamiento ha tenido esta noticia en los diferentes medios. No deja de sorprender cómo Cuatro y La Sexta, las cadenas con una ideología situada más a la izquierda, son las que ofrecen el hecho desde una perspectiva más sesgada.

Noticias Cuatro




Noticias Antena 3



Noticias La Sexta



Noticias TVE


Noticias TV3 (Minuto 22:35)




¿Qué opináis?

viernes, 5 de marzo de 2010

Promises


Prométeme que sonreirás cada día al despertarte. Prométeme que no volverás a pensar en las bombas, las piedras, los muertos. Prométeme que olvidarás tu rencor y tu odio, que dejarás que salgan por los poros de tu piel evaporándose más allá de las nubes. Prométeme que tenderás tu mano para ayudar a quien tienes al lado, porque es posible que esté tan perdido y desamparado como tú, que tampoco entienda lo que está ocurriendo y que por las noches estrelle su pequeña cabeza llena de dudas sobre una almohada empapada en lágrimas. Prométeme que vivirás, pequeño... que vivirás y amarás y tratarás de salir de este infierno que los demás te han dejado como herencia. Prométeme que educarás a tus hijos en el respeto. También yo necesito creer que todo esto tiene solución.


Palestina e Israel. Dos estados enfrentados desde hace más de medio siglo en el que los detalles insignificantes están cargados de ideología, de una importancia que no les corresponde. ¿Cómo convivir con un vecino que ha asesinado a tu familia? Bueno, quizá él no, pero sí los de su bando. Y cómo conseguir no tener prejuicios cuando te han bombardeado desde tu nacimiento con la historia de los buenos y los malos? En este magnífico documental, dirigido por Justine Shapiro, B. Z. Goldberg y Carlos Bolado, siete historias se confunden y se entrelazan en la ciudad Santa de Jerusalén. Siete historias de niños judíos y árabes que viven a no más de veinte minutos pero que jamás han jugado juntos al balón. Tratando de alejarse de los estereotipos que envuelven al conflicto, Goldberg habla y entrevista a los que no son nadie, a los que han crecido en campos de refugiados, a los que jamás partieron de los campos de concentración. El resultado es desconcertante. Mezcla de impotencia, de dolor, de venganza en los ojos de los niños palestinos. Despecho y prepotencia en las palabras de los jóvenes judíos ortodoxos que repiten palabras aprendidas de sus radicales progenitores sin percatarse de todo el daño que ello conlleva. Comprensión e impotencia en los ojos de los gemelos que aunque son judíos tampoco entienden a los que gritan consignas, aunque sean de su bando, y que se despojan de ideas preconcebidas y dan el paso para la convivencia.


Para el espectador, una sensación de inocencia rota, de pena infinita ante lo que observa. Pero hay una sorpresa, un reencuentro, un partido de fútbol en el que parece que todos son del mismo equipo, en el que los goles se marcan contra el sistema abominable que persiste a causa de los que duermen en palacios y se protegen con guardaespaldas. Es la felicidad efímera de verlos jugar, de observar cómo dejan de ser adultos de metro y medio para convertirse en lo que son, en niños. No durará mucho la ilusión de que quizá ese sea el camino, de que hemos dado con la solución. No durará, y el espectador acaba sentado en su sillón, probablemente con los ojos un tanto hinchados, tan desconcertado (o quizá más) que al principio, maldiciendo a los señores de capa y espada que desde sus despachos se empeñan en organizar al mundo bajo sus propias reglas.


lunes, 1 de marzo de 2010

Visiones sobre el amor

—En efecto; se me antoja que debe de ser imposible conocer a aquella mujer con quien se convive y que acaba por formar parte nuestra. ¿No has oído aquello que decía uno de nuestros más grandes poetas, Campoamor?

—No; ¿qué es ello?

—Pues decía que cuando uno se casa, si lo hace enamorado de veras, al principio no puede tocar el cuerpo de su mujer sin emberrenchinarse y encenderse en deseo carnal, pero que pasa tiempo, se acostumbra, y llega un día en que lo mismo le es tocar con la mano al muslo desnudo de su mujer que al propio muslo suyo, pero también entonces, si tuvieran que cortarle a su mujer el muslo le dolería comosi le cortasen el propio.

Niebla, Miguel de Unamuno


Martin Hache, Adolfo Aristaráin





Dos joyas, una literaria y otra cinematográfica. ¿Nos casamos o nos follamos a las mentes?

domingo, 7 de febrero de 2010

Take out

Fin de exámenes. Último primer semestre de esta carrera. Llega febrero. Fiesta y alcohol. Amigos. Guitar Hero en la Play3. Alguna copa de más. (Te echo de menos). Vómitos. Comida. Comida. Vómitos. (Te quiero). Dormir hasta no muy tarde. Sábado autocontemplativo. Resaca. (Necesito mimar). Sol de invierno. Días cálidos y serenos. Casa enclaustrante. Salir. Disfrutar. (Por qué no estás aquí...). Paseos. Caminatas por el campo. Castillos catalanes. Cerveza. Risas. (Rinconcito de amargura). Horas al teléfono. Ojos cansados. Agujero en el calcetín y zapatos deshilachados. (Parece que no entiendes...). Teterías. Capuccinos. Calles del gótico. Fotos a color. Pueblo Español. (Y Canarias que no está). Planes en la agenda. Depilación. Ponerme guapa (para ti).


Que poco a poco van pasando los días. Y miro el almanaque y hoy hace dos años y siete meses desde aquel entonces. Vidas autónomas e independientes que se cruzaron de golpe para no volver a ser nunca lo que fueron. La fantasía de un juego que se volvió realidad con el devenir de las horas y lo inexcrutable de las emociones. Fuera de control. Take out. Y mi vida, dentro de su cordura y de su saber estar, se debate entre un abismo de emociones poco racionales que poco tienen que ver con esta imagen que represento de cara al exterior. Me asusto, me descubro. Alguien dijo que ya nadie comete locuras por amor... Sabina decía 'y cada vez más tú, y cada vez más yo, sin rastro de nosotros'. Yo cambiaría el orden de los pronombres.





Ojalá pudieras callarme, 'como tan solo tú sabes'