El Blog

viernes, 22 de abril de 2011

De ateos y semanas santas

Mis padres, como todos los padres, han hecho cosas bien y otras un poco peor. De todas formas, cualquier fallo que hayan podido tener ha quedado excusado por sus intenciones, el intentar darme la mejor educación posible y formarme como una persona válida dentro de esta maraña de locos que llamamos sociedad. El caso es que, de entre todas las cosas que ellos han hecho por mí, hay una que valoro muy especialmente y por la que les estoy tremendamente agradecida: no me bautizaron. 

martes, 12 de abril de 2011

Draquila, l'Italia che trema

Draquila, l'Italia che trema es una film documental dirigido por Sabina Guzzanti en el que se analiza la situación política de Italia y los diversos factores que hacen posible que un personaje de la talla de Silvio Berlusconi sea su presidente. Todo visto desde el marco de una catástrofe natural: el terremoto que en 2009 sacudió la ciudad de L'Aquila. 

miércoles, 9 de marzo de 2011

Tarjeta SUMA, la crónica de un robo perfecto

Sin saber aún cuáles son las incidencias más graves que ha podido ocasionar esta nueva forma de pago del transporte público urbano e interurbano de Gran Canaria, hay dos consecuencias negativas obvias y que merecen ser denunciadas: la pérdida de tiempo y la de dinero.

jueves, 24 de febrero de 2011

Mario Vargas Llosa, El Sueño del Celta

Sin sentir una especial predilección por este escritor (y mucha menos por su personalidad), de su último libro rescato dos fragmentos que me han parecido interesantes. En el primero, simplemente sustituiría a los indígenas por la actual clase obrera. El segundo, una descripción de cómo me he sentido tantas veces.



domingo, 13 de febrero de 2011



"Y mientras los ultracuerpos 

subidos a estrados recitan sermones, 
hay quien nos dice que no es tiempo 
para hablar de la utopía 
ni de revoluciones, 
que es un anacronismo cantarle a la trova, 
nombrar a Guevara 
y mientras golpean tu fe 
y tu futuro en su fragua."


lunes, 27 de diciembre de 2010

Debajo del puente en el río...

...hay un mundo de gente. Abajo, en el río, en el puente.

Un mundo de gente que sueña, que malvive, que se rompe la cabeza por salir adelante. Un mundo de malolientes y andrajosos, de jóvenes licenciados que utilizan su título para ir al baño, de familias que ven el agua correr. Clara y limpia, el agüita correr.

Y arriba del puente, las cosas pendientes. La gente que pasa, que mira y no siente. Porque hubo un momento en el que pensamos "nosotros estamos a salvo" y "nada malo puede ocurrir". Tumbábamos nuestras penas al sol y cuando sentíamos demasiado calor nos bebíamos una Cruzcampo. Qué rica, la Cruzcampo.
 

¿Y ahora, qué? ¿Dónde estamos ahora? Arriba del puente, están los de arriba, están los de abajo, que es menos que arriba. Y luego está el puente, que es menos que abajo. Qué va, qué va. Todavía tenemos techo para dormir y regalos el día de Reyes. 

Mientras Pedro Guerra canta, en la intimidad ficticia de la Plaza Santa Ana, hay una persona (un loco, un ido, un colgado, un drogadicto quizá) que se emociona con la canción. Que es un visionario y se siente cantado, se siente nombrado. Olvida las normas, el protocolo, la educación. Todo a la mierda. Él sabe que está en el puente, que es menos que abajo. Lo sabe. Se acerca al cantante y le da las gracias, le da la mano. El brillo de sus ojos le hace parecer orgulloso, feliz.

Mientras, los demás, los de abajo pero arriba del puente, lo miramos enternecidos y piadosos. Pobre hombre, pobre loco. No tenemos la valentía de agradecerle a Pedro que nos cante esa canción. No. Porque aún no nos creemos que sea para nosotros. Es para ellos. Siempre será para ellos, aunque estemos durmiendo entre cartones después de perder lo poco que nos quedaba. Será para ellos...


sábado, 11 de diciembre de 2010

Le daría la vida, Juan José Millás

La privatización de la Lotería Nacional, de la que se habla últimamente, me llena de estupor. No me parece mal que el Estado se forre con la mala suerte de los contribuyentes (lo normal es que no toque), pero me repugna la idea de hacer millonarios con mi desgracia a los dueños de Construcciones y Contratas, por mencionar una empresa que me suena de algo. Hasta ahora, en navidades, cuando compraba mi décimo anual a sabiendas de que no me tocaría ni el reintegro, pensaba en las carreteras y en los hospitales y en las escuelas que se podrían construir con mis veinte euros. No me dolía, la verdad, hacer cola en Doña Manolita, pues pensaba en la Lotería Nacional como en un impuesto más y uno siempre se ha declarado a favor de los impuestos. Sin impuestos no hay Estado y sin Estado no hay orden. Servidor de ustedes es muy partidario del orden.


De ahí el estupor que me provocan las privatizaciones en general y la de la lotería en particular. Me niego, con franqueza, a que un particular sea el dueño de mi mala suerte como me negué en su día a que una Sociedad Anónima se hiciera cargo, al fallecer, de mis restos. Creo que las empresas funerarias, como las loterías, deben ser propiedad del Estado. No me gusta en absoluto la idea de que mi cadáver sea entregado a las hermanas Koplowitz, por poner otro ejemplo de empresarias a las que soy capaz de reconocer. Ya me dolió en su día que les entregaran mis basuras, porque estoy convencido también a pies juntillas (qué rayos querrá decir a pies juntillas) de que si alguien tiene derecho a enriquecerse con mis mondas de naranjas y mis latas arrugadas de cerveza es, una vez más, el Estado.


Dirán ustedes que sólo estoy dispuesto a ceder al Estado lo peor de mí (mi mala suerte, mi cadáver, mi basura). No es cierto, también le doy puntualmente mi IRPF y mi IVA y mis impuestos indirectos. Y le daría la vida si se comportara como Dios manda, pues si algo deseo para mis hijos es un Estado fuerte, un Estado con una Sanidad que cure y una Educación que instruya y una Justicia que funcione, incluso con una Lotería Nacional que no toque, o toque poco. La lotería no está para hacer ricos a los particulares, sino para hacer grande a la nación. He dicho. 

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Trabajar en Hiperdino. ¡Ñoh, qué sinvergüenzas!

El otro día, en mi intento desesperado por encontrar cualquier tipo de trabajo remunerado que me permita aumentar mis ingresos, acabé haciendo cola a las puertas de un conocido supermercado en Canarias. Me refiero a la cadena HiperDino, perteneciente al grupo DinoSol, el cual dispone de otros establecimientos en el resto de la geografía española, como SuperSol en Andalucía o CashDiplo, a nivel nacional. Y vaya con la entrevista que me hicieron...



domingo, 21 de noviembre de 2010

¿Dónde está?

Vivo en un caparazón de tortuga. Así, sin más. No sé por qué digo esto. Desconozco qué conexiones se habrán rozado en mi cabeza para que salga una frase tan incoherente. Pero ya llevo un buen rato pensando en esto: vivo en un caparazón de tortuga. Vivo en un caparazón de tortuga.

Será que la alegría de la vuelta a casa, al calor, a la playa, se va esfumando de a poquitos; queda eclipsada por las horas delante del ordenador, o leyendo, o viendo películas. Será que la rutina se va imponiendo y me siento inútil, incapaz de encontrar un trabajo, de volver a ser aquella que hace años le robaba minutos al tiempo para llevar adelante una universidad, unas prácticas, un trabajo y poder salir con los amigos. Será que hace tanto tiempo que me fui que camino como desconocida por estas calles; que miro en la agenda del móvil pero todos están lejos (Sevilla, Barcelona, Córdoba, Italia, Granada, Madrid, qué se yo) y termino fotografiando olas que rompen en las rocas. Después de cinco años y medio, regreso y es por algo, es por alguien. Qué más da. Si vivo en un caparazón de tortuga. 

Por suerte, al 2010 le quedan los días contados. E irá mejor. Irá infinitamente mejor después. Vivo en un archipiélago, donde tocan el tambor... Qué demonios. ¿Dónde está mi lugar?

martes, 26 de octubre de 2010

Elecciones

Elegí una habitación en Holanda; un paseo en góndola por Venecia; la ajetreada y triste muchedumbre de Barcelona. Elegí un viaje en autobús por el continente americano; un café en la Alameda de Sevilla; un orgasmo en el trópico. Elegí las connotaciones más bellas de las palabras; leer con parsimonia los mensajes que se escapaban de tus ojos (y memorizar, recordar, releer, repetir, resoplar de amor); detenerme ante cada sonrisa y saborear la copa de vino. Elegí también que la nostalgia viniese con su ruido de platos rotos (¿lo elegí?) y me recorriese el cuerpo con su lengua viperina, al compás de un recopilatorio de jazz que me hace estremecer. Elegí creerme todas las mentiras, soñar lo prohibido, fotografiarme desnuda y analizar cada positivo a la luz de una vela, por si acaso me deslumbro, por si acaso me quemo. Con el índice recorro el contorno de una curva, de un círculo, de un botón.