El Blog

lunes, 27 de diciembre de 2010

Debajo del puente en el río...

...hay un mundo de gente. Abajo, en el río, en el puente.

Un mundo de gente que sueña, que malvive, que se rompe la cabeza por salir adelante. Un mundo de malolientes y andrajosos, de jóvenes licenciados que utilizan su título para ir al baño, de familias que ven el agua correr. Clara y limpia, el agüita correr.

Y arriba del puente, las cosas pendientes. La gente que pasa, que mira y no siente. Porque hubo un momento en el que pensamos "nosotros estamos a salvo" y "nada malo puede ocurrir". Tumbábamos nuestras penas al sol y cuando sentíamos demasiado calor nos bebíamos una Cruzcampo. Qué rica, la Cruzcampo.
 

¿Y ahora, qué? ¿Dónde estamos ahora? Arriba del puente, están los de arriba, están los de abajo, que es menos que arriba. Y luego está el puente, que es menos que abajo. Qué va, qué va. Todavía tenemos techo para dormir y regalos el día de Reyes. 

Mientras Pedro Guerra canta, en la intimidad ficticia de la Plaza Santa Ana, hay una persona (un loco, un ido, un colgado, un drogadicto quizá) que se emociona con la canción. Que es un visionario y se siente cantado, se siente nombrado. Olvida las normas, el protocolo, la educación. Todo a la mierda. Él sabe que está en el puente, que es menos que abajo. Lo sabe. Se acerca al cantante y le da las gracias, le da la mano. El brillo de sus ojos le hace parecer orgulloso, feliz.

Mientras, los demás, los de abajo pero arriba del puente, lo miramos enternecidos y piadosos. Pobre hombre, pobre loco. No tenemos la valentía de agradecerle a Pedro que nos cante esa canción. No. Porque aún no nos creemos que sea para nosotros. Es para ellos. Siempre será para ellos, aunque estemos durmiendo entre cartones después de perder lo poco que nos quedaba. Será para ellos...


sábado, 11 de diciembre de 2010

Le daría la vida, Juan José Millás

La privatización de la Lotería Nacional, de la que se habla últimamente, me llena de estupor. No me parece mal que el Estado se forre con la mala suerte de los contribuyentes (lo normal es que no toque), pero me repugna la idea de hacer millonarios con mi desgracia a los dueños de Construcciones y Contratas, por mencionar una empresa que me suena de algo. Hasta ahora, en navidades, cuando compraba mi décimo anual a sabiendas de que no me tocaría ni el reintegro, pensaba en las carreteras y en los hospitales y en las escuelas que se podrían construir con mis veinte euros. No me dolía, la verdad, hacer cola en Doña Manolita, pues pensaba en la Lotería Nacional como en un impuesto más y uno siempre se ha declarado a favor de los impuestos. Sin impuestos no hay Estado y sin Estado no hay orden. Servidor de ustedes es muy partidario del orden.


De ahí el estupor que me provocan las privatizaciones en general y la de la lotería en particular. Me niego, con franqueza, a que un particular sea el dueño de mi mala suerte como me negué en su día a que una Sociedad Anónima se hiciera cargo, al fallecer, de mis restos. Creo que las empresas funerarias, como las loterías, deben ser propiedad del Estado. No me gusta en absoluto la idea de que mi cadáver sea entregado a las hermanas Koplowitz, por poner otro ejemplo de empresarias a las que soy capaz de reconocer. Ya me dolió en su día que les entregaran mis basuras, porque estoy convencido también a pies juntillas (qué rayos querrá decir a pies juntillas) de que si alguien tiene derecho a enriquecerse con mis mondas de naranjas y mis latas arrugadas de cerveza es, una vez más, el Estado.


Dirán ustedes que sólo estoy dispuesto a ceder al Estado lo peor de mí (mi mala suerte, mi cadáver, mi basura). No es cierto, también le doy puntualmente mi IRPF y mi IVA y mis impuestos indirectos. Y le daría la vida si se comportara como Dios manda, pues si algo deseo para mis hijos es un Estado fuerte, un Estado con una Sanidad que cure y una Educación que instruya y una Justicia que funcione, incluso con una Lotería Nacional que no toque, o toque poco. La lotería no está para hacer ricos a los particulares, sino para hacer grande a la nación. He dicho. 

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Trabajar en Hiperdino. ¡Ñoh, qué sinvergüenzas!

El otro día, en mi intento desesperado por encontrar cualquier tipo de trabajo remunerado que me permita aumentar mis ingresos, acabé haciendo cola a las puertas de un conocido supermercado en Canarias. Me refiero a la cadena HiperDino, perteneciente al grupo DinoSol, el cual dispone de otros establecimientos en el resto de la geografía española, como SuperSol en Andalucía o CashDiplo, a nivel nacional. Y vaya con la entrevista que me hicieron...



domingo, 21 de noviembre de 2010

¿Dónde está?

Vivo en un caparazón de tortuga. Así, sin más. No sé por qué digo esto. Desconozco qué conexiones se habrán rozado en mi cabeza para que salga una frase tan incoherente. Pero ya llevo un buen rato pensando en esto: vivo en un caparazón de tortuga. Vivo en un caparazón de tortuga.

Será que la alegría de la vuelta a casa, al calor, a la playa, se va esfumando de a poquitos; queda eclipsada por las horas delante del ordenador, o leyendo, o viendo películas. Será que la rutina se va imponiendo y me siento inútil, incapaz de encontrar un trabajo, de volver a ser aquella que hace años le robaba minutos al tiempo para llevar adelante una universidad, unas prácticas, un trabajo y poder salir con los amigos. Será que hace tanto tiempo que me fui que camino como desconocida por estas calles; que miro en la agenda del móvil pero todos están lejos (Sevilla, Barcelona, Córdoba, Italia, Granada, Madrid, qué se yo) y termino fotografiando olas que rompen en las rocas. Después de cinco años y medio, regreso y es por algo, es por alguien. Qué más da. Si vivo en un caparazón de tortuga. 

Por suerte, al 2010 le quedan los días contados. E irá mejor. Irá infinitamente mejor después. Vivo en un archipiélago, donde tocan el tambor... Qué demonios. ¿Dónde está mi lugar?

martes, 26 de octubre de 2010

Elecciones

Elegí una habitación en Holanda; un paseo en góndola por Venecia; la ajetreada y triste muchedumbre de Barcelona. Elegí un viaje en autobús por el continente americano; un café en la Alameda de Sevilla; un orgasmo en el trópico. Elegí las connotaciones más bellas de las palabras; leer con parsimonia los mensajes que se escapaban de tus ojos (y memorizar, recordar, releer, repetir, resoplar de amor); detenerme ante cada sonrisa y saborear la copa de vino. Elegí también que la nostalgia viniese con su ruido de platos rotos (¿lo elegí?) y me recorriese el cuerpo con su lengua viperina, al compás de un recopilatorio de jazz que me hace estremecer. Elegí creerme todas las mentiras, soñar lo prohibido, fotografiarme desnuda y analizar cada positivo a la luz de una vela, por si acaso me deslumbro, por si acaso me quemo. Con el índice recorro el contorno de una curva, de un círculo, de un botón.

sábado, 23 de octubre de 2010

Trece

No recuerdo muy bien qué andaba yo haciendo el día que cumplí 13 años... Seguramente la anécdota estará recogida en alguno de mis diarios de adolescente, aunque estos se encuentran bien guardados en cajas en algún ropero de Andalucía. De todas formas, lo más probable es que le hubiera pedido 500 pesetas a mis padres para ir a comer al piscolabis con tres o cuatro amigas. Hamburguesa, Coca-cola y un cono de papas locas era todo cuanto deseaba. 



jueves, 21 de octubre de 2010

Pensamientos de una noche otoñal

La vibración incandescente
de tu suspiro sobre la almohada
en el sueño de medianoche
me convierte en la víctima
de un asesinato perfecto.
Filos de alas de libélula
que rozan, sutiles,
y hacen sangre invisible
del hálito enmarañado
que te arropa de madrugada.
Eterna combustión de besos
y caricias nunca dadas
que perecieron sin nacer.

martes, 12 de octubre de 2010

Humor de perros

Dentro de cinco días será el segundo cumplemes en tierras holandesas. Una eternidad, vaya. Mientras tanto, con trucos absurdos, voy engañando al cerebro para que crea que quedan menos días de los que en realidad son (¡¡19!!). Y en todo el tiempo que me queda libre entre chillido y resignación me percato de que hay dos cosas que este país ha cambiado en mí. La primera, que los niños ya no me parecen tan adorables. La segunda, que los perros me empiezan a dar asco.


Trabajar de Mery Poppins podría ser divertido... sí. Podría serlo incluso cuando convives con una familia con la que no te llevas del todo bien, si es que tienes tiempo de ocio y desconexión y, sobre todo, si es que ves aquellos con quienes trabajas valoran tus esfuerzos. Pero cuando un renacuajo, pingajo, culocagao, se enfrenta a ti y te insulta, te grita, y se piensa que eres su criada, entonces apaga y vámonos. La paciencia, las ganas de jugar, de reír, de ver películas o de cantar canciones se esfuman en un segundo y son sustituidas por las más agrias ironías que pueden salir de mi cabeza.


Y en cuanto a los cariñosos, simpáticos y juguetones canes, qué decir. Estos neerlandeses han sobrepasado la línea de amor a las mascotas y les permiten, sin ningún tipo de pudor, que se suban a las camas y duerman allí; les dan comida a la hora de la cena directamente con las manos (y luego ellos siguen comiendo, of course); pueden entrar en los restaurantes y aquí no ha pasado nada... pero lo peor es que todo esto sucede con perros sucios a los que no bañan durante meses, me atrevería a decir incluso años. Tal es así que cuando alguno de los 4 animalitos con los que convivo (otro detalle que host-dad olvidó mencionar) se me acerca sólo puedo pegar un zapatazo y ahuyentarlo.


En definitiva, que o salgo pronto de aquí o acabaré convertida en una pequeña Cruella de Vil.

lunes, 4 de octubre de 2010

Animales de costumbres

Holanda permanece igual a lo largo de todo el paisaje. Llanuras y más llanuras de prados verdísimos y plantaciones de maíz, algunas (muchas) granjas con vacas, ovejas, pollos y, si te descuidas, hasta cervatillos. Debo reconocer que no es un paisaje que me guste demasiado, a excepción de algunas zonas que son realmente dignas de contemplar, como los ríos cuando se está poniendo el sol o el ver amanecer entre una bruma que contribuye a crear un ambiente tétrico y mágico. 
Mientras tanto, el clima continúa variable, ahora frío, ahora calor. Las lluvias son esporádicas, aparecen sin avisar y te pueden calar hasta el alma si te descuidas. Y las comidas... bueno, las comidas merecerían un artículo a parte. Sí, odio la dieta holandesa a base de patatas estrujadas (así, tal cual suena... patata hervida y estrujada con un tenedor) mezcladas con todo lo que pillas en la cocina, desde huevo duro hasta varitas de merluza; al igual que odio que me miren con cara de absoluto asco cuando preparo una tortilla francesa con queso (¡!) o me como un crepes con chocolate. En serio, en mi mente no existía la posibilidad de que un niño, en cualquier lugar del mundo, me dijese que eso era una porquería.

Ya veis, no hay grandes novedades. Pasan las horas y los días, la mayoría de ellos entre las cuatro paredes de esta granja alejada por 8 kilómetros de la mediana urbe de Den Bosch, haciéndome cargo de tres niños, de entre los cuales al menos a uno no consigo entender, se me escapa su lógica y su eterno odio. Al final, el tiempo libre me ayuda a elaborar elucubraciones acerca de la naturaleza del ser humano, a verificar lo gregarios que somos, lo que nos afectan nuestras costumbres y formas de vida. Y como yo no no soy ninguna excepción, me asombro con cada detalle, no entiendo ciertas actitudes, desisto ante la idea de integrarme y alimentarme con una rebanada de pan con mantequilla al mediodía. 

Qué coño. Las lentejas son para almorzar, no para cenar.

martes, 21 de septiembre de 2010

Carta a El País

Queridos señores de El País,

les escribo porque quería comentarles algunos asuntos relacionados con la sección que desde hace unos días anuncian en su periódico, a la que han bautizado con un bonito juego de palabras que causa la risa y el llanto. Todo a la vez. Me refiero a Pre-parados. 

He de reconocer que al principio, con el primer golpe de vista, me pareció un trabajo interesante, un grito de alerta ante la trágica situación que sufren los jóvenes en nuestro país. Leí los primeros artículos y observé con detenimiento los vídeos, pensando en lo triste que era todo y en la pena que me causaba. Casi (casi) se me cae alguna lagrimita pensando en mi propia situación y en lo crudo que lo tenía para salir adelante. De hecho, no es en vano que he tenido que salir del país para encontrar alguna fuente de ingresos. 

Siguiendo por donde íbamos, lo primero que sentí fue agradecimiento hacia su periódico. Pero he de confesar que este sentimiento no tardo demasiado en convertirse en impotencia e indignación. ¿Cómo una publicación que forma parte del grupo de comunicación más importante de España, que tiene presencia en 22 países de Europa y América y que en el ejercicio de 2009 obtuvo un beneficio neto de 50,48 millones de euros tiene la soberana desfachatez de hacerse eco de estos problemas y de enarbolar la bandera de los salvadores de la juventud? ¿Cómo no siente vergüenza cuando un elevado porcentaje de los que escriben en sus diarios y revistas son periodistas recién salidos de las aulas (o aún en ellas) que no cobran absolutamente nada por realizar un trabajo que realmente aman? El grupo PRISA se encuentra entre las empresas a las que un alumno de periodismo interesado en realizar prácticas puede optar. Yo misma estaba interesada en solicitarlas. ¡Qué buena oportunidad, qué bonito quedaría en el currículum y qué de puertas me abriría después! ¿Qué por qué no lo hice? Pues porque la retribución recibida por un total de 25 horas semanales (en teoría, porque no olvidemos que en la práctica pueden llegar hasta 40 o más) era, sencillamente, 0€. 

Y así andamos, señores de El País. Ustedes se aprovechan de los inexpertos, inocentes y reemplazables periodistas, quienes consideran que ya es bastante suerte trabajar para su medio como para encima andar pidiendo limosnas. Y a los que todavía nos queda un poco de dignidad, a los que nos negamos a trabajar gratis porque, fíjense por dónde, necesitamos pagar un alquiler, comer, vestirnos y una conexión a internet, no nos queda más remedio que continuar enviando currículums a todas esas redacciones repletas de becarios, de gente sin titulación, de amigos de amigos de amigos a los que se les debía un favor. A fin de cuentas, todo el mundo sabe escribir, ¿no? Enviamos dichos currículums y miramos desesperanzados cómo pasan los días, cómo este maldito sistema (del que forman parte, no lo olviden) nos impide desarrollar la profesión que nos haría felices y para la que nos hemos formado.

Pues eso. Sigan escribiendo los especiales de Pre-parados. Queda bastante bien de cara al público, se ganarán la simpatía de gran parte de los lectores jóvenes que últimamente se habían pasado, y valga la redundancia, a Público. Pero, por lo menos, sientan un poquito de remordimientos al hacerlo. Sé que, en cuanto a hechos se refiere, no cambiará gran cosa, pero me ayudará a seguir creyendo un poquito más en el ser humano y en su conciencia.

Atentamente,

MARÍA NEUPAVERT