jueves, 17 de junio de 2010

Gata

A media noche, la casa estaba en silencio. De forma esporádica, un crujido de alguna viga maltratada hacía maullar a los gatos solitarios y vagabundos que deambulaban por el sótano. La chica trató de incorporarse sigilosamente, imitando las técnicas naturales de aquellos felinos nocturnos, mimosos depredadores, a los que tantas veces había observado. En las habitaciones todos dormían bajo el embrujo de una luna llena que lograba reflejar, a media luz, el calor insoportable de aquella madrugada de verano. Aún tumbada en la cama, sacó su diario del cajón en el que lo guardaba celosamente bajo llave. Sentía el ansia de del desahogo en su pequeño pecho, la necesidad de regurgitar todo cuanto había engullido. En realidad, quería escribir los versos más bonitos del mundo, escribir sobre atardeceres tropicales, susurros que huían de bocas trémulas enfebrecidas por la pasión, de desayunos con sabor a miel y mermelada. Quería escribir, y quería hacerlo para él. Lo había querido tanto que los gritos silenciosos que salieron de su garganta, implorando un último adiós, le habían desgarrado jirones de alma que aún continuaban desperdigados por la orilla del río. Y eso... eso era mucho querer. Quería escribir, pero las lágrimas que salían a borbotones de unos ojos vírgenes la hacían temblar y los temblores le provocaban pavor y el pavor la condujo a la locura más absoluta. Adiós, para siempre. Escribió. Y escribió para él, en quien tanto había confiado, a quien había dado más de lo posible, a quien le dedicó la mejor y más estudiadas de sus sonrisas, esa que sólo sale a relucir después de que el corazón haya palpitado bajo una piel que rozaba otra piel, después del abrazo desnudo entre dos almas. Descalza, se puso de pie y trató de cruzar el pasillo sin que nadie se percatase (ni familia, ni luna, ni vigas, ni gatos). Sintió el frío pomo de metal de la puerta del baño. Delante del espejo no podía dejar de observarse, de saberse abandonada por la cordura, víctima de un incomprensible desprecio hacia la vida. Siguió así hasta que el vapor que emanaba del grifo de agua caliente abierto apenas cinco minutos antes lo inundó todo. Ya casi no alcanzaba a divisar sus rasgos reflejados. Sin fuerzas, escribió con su dedo sobre el cristal empañado. Adiós...Hundió su cabeza en el lavabo y apremiada por la falta de oxígeno, que se iba agotando poco a poco, segundo a segundo, masticó la única fotografía que todavía conservaba de él y se la comió. Había conseguido engullir al monstruo, eliminar toda posibilidad de tropezar con él un día cualquiera. Ahora lo llevaba en su interior, para siempre. Sí, era mucho querer.