viernes, 23 de julio de 2010

¡Diario de una periodista... en las librerías!

Ayer por la tarde decidí acudir a uno de esos grandes almacenes en los que me pierdo y agobio, buscando algo de remedio para matar las horas y también unos cd's vírgenes en los que grabar música (Javi no es lograr de actualizar la de su coche, y me siento incómoda cuando los 40 principales son la banda sonora de una bonita historia de amor que debería ser narrada, como mínimo, por Jorge Drexler). No tarde mucho en encontrar lo que me hacía falta, así que mientras mi padre y mi hermano paseaban por la sección de pescadería me detuve ante la hilera de libros que allí se exponían. 

Pronto desistí de los best sellers al comprobar que Federico Moccia ocupaba los tres primeros puestos: Tengo ganas de ti, Perdona si te llamo amor y Perdona pero quiero casarme contigo. Novelas para adolescentes que quedan obnubiladas por una historia una relación humana vacía y basada en el físico y el morbo, además de una prosa pobre y un vocabulario escaso. Mmm... ¿dónde busco? ¿Novela histórica? ¿Novela negra? ¿Humor? Y fue entonces cuando una cubierta rosa llamó mi atención, colocada en una mesita junto a otros títulos cuyos nombres no recuerdo. Diario de una periodista en paro. "¡Anda, si es casi el nombre de mi blog!", pense entre asombrada y molesta. ¿Por qué habrían elegido llamarlo así? ¿Por qué no se me habría ocurrido a mí esa idea? Reconozco que tuve un impulso fugaz de comprarlo al pensar que quizá podría actuar como tarot con respecto a mi futuro, que a lo mejor encontraba allí las respuestas a todas la preguntas que ahora mismo retumban en mi cabeza.

Y es que, queridos lectores, me temo que este no es un buen momento para acabar una carrera, incluso hay ocasiones en las que me cuestiono si no tendría más suerte si hubiera abandonado los estudios para meterme de dependienta en cualquier negocio. He dejado currículums en varios medios de comunicación de los cuales ninguno me ha llamado ni para entrar de becaria (aún habiendo especificado en la carta de presentación que, dada la coyuntura actual, las condiciones económicas son algo secundario). Me he apuntado a varias ofertas de empleo a través de Infojobs en las que piden años de experiencia que no dispongo por haberme dedicado a formarme para mi verdadera vocación. Incluso he acudido al tan socorrido McDonald's para volverme con las manos vacías.

Así que, ante esta tesitura profesional, me veo obligada a hacer las maletas de nuevo para empezar en otra ciudad. O eso, o recopilar todas las entradas de este blog y editar un libro. A fin de cuentas, yo también soy periodista. Y también escribo un diario.

sábado, 17 de julio de 2010

Quiero escribir como Cortázar

Si tienen tiempo en las agendas más o menos ociosas de un verano cálido, les aconsejo leer este relato del maestro Cortázar. Es un poco largo, pero merece la pena. Y si les molesta la luz de la pantalla, imprímanlo (ya verán que me lo agradecen).

LA SEÑORITA CORA


Ya me sucedió con Rayuela, y ahora ocurre lo mismo. Es increíble la cantidad de emociones no escritas que me transmite este autor simplemente con su forma de narrar las cosas.

Sí, quiero escribir como Cortázar.

sábado, 3 de julio de 2010

Solera y girasoles

Menos de un año ha transcurrido desde la última vez que pise esta tierra de llanuras y solera, de vino y girasoles. La historia se repite (como siempre), y yo abandonaba la ciudad que había sido mi casa durante nueve meses cargada de maletas, temiendo el momento de posarlas sobre la cinta del aeropuerto y oír el "llevas cuatro kilos de sobra" que menguaría aún más mi escaso crédito en la cuenta del banco. Por fortuna, en esta ocasión llevaba a mi lado a un pequeño acompañante. Mi hermano había venido a pasar unos días a Barcelona y todo el peso que me sobraba a mí, a él le faltaba.

Ahora dejaba atrás a la ciudad Condal, esa de independentistas y trabajadores, de luchadores por la patria, la del Estatut y la de los referéndums. Pero también debía despedirme de una etapa que llegaba a su fin, decir adiós a la Universidad y concienciarme de que llegaba el momento más duro, el de la salida al mundo laboral. A pesar de todo, no fue difícil y subí a aquel avión como a uno más de los tantos que he cogido desde que tenía diez años.

Una hora escasa fue el tiempo que tardamos en aterrizar en Sevilla. Hacía calor, para variar, y todavía debíamos continuar con el trayecto hasta llegar a Lebrija. Del aeropuerto de San Pablo a la estación de Santa Justa me asaltaron flashes de mi vida allí, del olor a desayunos, de la bicicleta como medio de transporte bajo temperaturas abrasantes. A las once y poco de la mañana alcanzamos nuestra meta. Reencuentros familiares, besos, asombros ante lo grande que estaba Álvaro, preguntas acerca de mi futuro. ¡Y yo que todavía no termino de asimilar que soy Periodista ni que me he licenciado!

Así que nada, aquí me encuentro resguardándome del sol en cada resquicio de sombra que ofrecen los balcones, intentando no abusar del aire acondicionado, observando el lugar en el que he pasado muchos momentos de mi vida y percatándome de que todo sigue igual, pero que soy yo la que ha cambiado su perspectiva. Al final me siento orgullosa de mí misma, orgullosa de haber sabido aprovechar cada momento, cada instante, de haber recorrido parte de este mundo, de no haber sentido miedo de aprender, miedo a lo extraño y desconocido. Y lo que más orgullosa me hace sentir es mirar de dónde vengo, cuáles son mis orígenes: el de una familia trabajadora, humilde, sin grandes posesiones (por no decir ninguna), que continúa viendo los campos de girasoles cada verano mientras el sol achicharra sus pieles, y que para calmar la sed beben un vasito de manzanilla.