martes, 26 de octubre de 2010

Elecciones

Elegí una habitación en Holanda; un paseo en góndola por Venecia; la ajetreada y triste muchedumbre de Barcelona. Elegí un viaje en autobús por el continente americano; un café en la Alameda de Sevilla; un orgasmo en el trópico. Elegí las connotaciones más bellas de las palabras; leer con parsimonia los mensajes que se escapaban de tus ojos (y memorizar, recordar, releer, repetir, resoplar de amor); detenerme ante cada sonrisa y saborear la copa de vino. Elegí también que la nostalgia viniese con su ruido de platos rotos (¿lo elegí?) y me recorriese el cuerpo con su lengua viperina, al compás de un recopilatorio de jazz que me hace estremecer. Elegí creerme todas las mentiras, soñar lo prohibido, fotografiarme desnuda y analizar cada positivo a la luz de una vela, por si acaso me deslumbro, por si acaso me quemo. Con el índice recorro el contorno de una curva, de un círculo, de un botón.

sábado, 23 de octubre de 2010

Trece

No recuerdo muy bien qué andaba yo haciendo el día que cumplí 13 años... Seguramente la anécdota estará recogida en alguno de mis diarios de adolescente, aunque estos se encuentran bien guardados en cajas en algún ropero de Andalucía. De todas formas, lo más probable es que le hubiera pedido 500 pesetas a mis padres para ir a comer al piscolabis con tres o cuatro amigas. Hamburguesa, Coca-cola y un cono de papas locas era todo cuanto deseaba. 



jueves, 21 de octubre de 2010

Pensamientos de una noche otoñal

La vibración incandescente
de tu suspiro sobre la almohada
en el sueño de medianoche
me convierte en la víctima
de un asesinato perfecto.
Filos de alas de libélula
que rozan, sutiles,
y hacen sangre invisible
del hálito enmarañado
que te arropa de madrugada.
Eterna combustión de besos
y caricias nunca dadas
que perecieron sin nacer.

martes, 12 de octubre de 2010

Humor de perros

Dentro de cinco días será el segundo cumplemes en tierras holandesas. Una eternidad, vaya. Mientras tanto, con trucos absurdos, voy engañando al cerebro para que crea que quedan menos días de los que en realidad son (¡¡19!!). Y en todo el tiempo que me queda libre entre chillido y resignación me percato de que hay dos cosas que este país ha cambiado en mí. La primera, que los niños ya no me parecen tan adorables. La segunda, que los perros me empiezan a dar asco.


Trabajar de Mery Poppins podría ser divertido... sí. Podría serlo incluso cuando convives con una familia con la que no te llevas del todo bien, si es que tienes tiempo de ocio y desconexión y, sobre todo, si es que ves aquellos con quienes trabajas valoran tus esfuerzos. Pero cuando un renacuajo, pingajo, culocagao, se enfrenta a ti y te insulta, te grita, y se piensa que eres su criada, entonces apaga y vámonos. La paciencia, las ganas de jugar, de reír, de ver películas o de cantar canciones se esfuman en un segundo y son sustituidas por las más agrias ironías que pueden salir de mi cabeza.


Y en cuanto a los cariñosos, simpáticos y juguetones canes, qué decir. Estos neerlandeses han sobrepasado la línea de amor a las mascotas y les permiten, sin ningún tipo de pudor, que se suban a las camas y duerman allí; les dan comida a la hora de la cena directamente con las manos (y luego ellos siguen comiendo, of course); pueden entrar en los restaurantes y aquí no ha pasado nada... pero lo peor es que todo esto sucede con perros sucios a los que no bañan durante meses, me atrevería a decir incluso años. Tal es así que cuando alguno de los 4 animalitos con los que convivo (otro detalle que host-dad olvidó mencionar) se me acerca sólo puedo pegar un zapatazo y ahuyentarlo.


En definitiva, que o salgo pronto de aquí o acabaré convertida en una pequeña Cruella de Vil.

lunes, 4 de octubre de 2010

Animales de costumbres

Holanda permanece igual a lo largo de todo el paisaje. Llanuras y más llanuras de prados verdísimos y plantaciones de maíz, algunas (muchas) granjas con vacas, ovejas, pollos y, si te descuidas, hasta cervatillos. Debo reconocer que no es un paisaje que me guste demasiado, a excepción de algunas zonas que son realmente dignas de contemplar, como los ríos cuando se está poniendo el sol o el ver amanecer entre una bruma que contribuye a crear un ambiente tétrico y mágico. 
Mientras tanto, el clima continúa variable, ahora frío, ahora calor. Las lluvias son esporádicas, aparecen sin avisar y te pueden calar hasta el alma si te descuidas. Y las comidas... bueno, las comidas merecerían un artículo a parte. Sí, odio la dieta holandesa a base de patatas estrujadas (así, tal cual suena... patata hervida y estrujada con un tenedor) mezcladas con todo lo que pillas en la cocina, desde huevo duro hasta varitas de merluza; al igual que odio que me miren con cara de absoluto asco cuando preparo una tortilla francesa con queso (¡!) o me como un crepes con chocolate. En serio, en mi mente no existía la posibilidad de que un niño, en cualquier lugar del mundo, me dijese que eso era una porquería.

Ya veis, no hay grandes novedades. Pasan las horas y los días, la mayoría de ellos entre las cuatro paredes de esta granja alejada por 8 kilómetros de la mediana urbe de Den Bosch, haciéndome cargo de tres niños, de entre los cuales al menos a uno no consigo entender, se me escapa su lógica y su eterno odio. Al final, el tiempo libre me ayuda a elaborar elucubraciones acerca de la naturaleza del ser humano, a verificar lo gregarios que somos, lo que nos afectan nuestras costumbres y formas de vida. Y como yo no no soy ninguna excepción, me asombro con cada detalle, no entiendo ciertas actitudes, desisto ante la idea de integrarme y alimentarme con una rebanada de pan con mantequilla al mediodía. 

Qué coño. Las lentejas son para almorzar, no para cenar.