Sobre mí

Nací un 09 de octubre de 1987 en Jerez de la Frontera. Mi infancia, como la de la mayoría de los niños, fue feliz y tranquila. Quizá lo que más me marcó en aquellos años fue el hecho de criarme en una familia humilde, de las que en aquel momento podrían ser de clase media-baja y que hoy están completamente sumidas en la ruina. Esto me hizo aprender lo que cuesta conseguir las cosas y la importancia que tiene el esfuerzo y la perseverancia para alcanzar nuestros objetivos. Supongo que otros hechos que influyeron fueron las gafas de pasta con patillas de Snoopy que desde los 3 años me permitieron ver el mundo con otra perspectiva, el ser asmática y el tener una melena propia del rey león (sin olvidar los pequeños inconvenientes que acarrea el sacar buenas notas. Sí, siempre fui empollona). El caso es que yo, antes de aprender a leer, contaba historias a través de las ilustraciones de los libros que me regalaban (con principio, nudo y desenlace, que no es poco). Y me iba a dormir escuchando unas cintas de casetes repletas de cuentos como El Gato con Botas, Barbazul o Winnieh the Pooh.

A los diez años cambié mi residencia andaluza por otra mucho más al sur, al ladito de África. Mis padres, mi recién nacido hermano Álvaro y yo nos alejamos de todo cuanto conocíamos en la búsqueda de un futuro mejor. En ese momento no lo sabía, pero sería la primera gran despedida de todas las que se han ido sucediendo a lo largo de mi vida. En Canarias modifiqué mi ceceo y adopté expresiones tales como "chacho", "baifa", "cholas", "machango", "jilorio" y tantas otras. Canarios fueron mis primeros amores, mis primeros amigos, mis primeras lágrimas, mis primeras noches locas y mis primeras resacas.

Realmente, el daño ya estaba hecho. Me había convertido en una especie de apátrida, por lo que tampoco me resultó muy complicado abandonar el hogar paterno, sin tener aún los dieciocho, para aventurarme a cumplir mi sueño: ser periodista. Con mis maletas cargadas de ilusión y con el gusanillo de la independencia me planté en tierra sevillana, ciudad de la que acabé completamente enamorada y de la que guardo magníficos recuerdos. Allí tomé conciencia del timo de la educación, tonteé con el activismo político, me hice amiga de profesores, participé en asambleas, grité en manifestaciones, dirigí (junto a otros compañeros) un periódico que tuvo cierto éxito momentáneo. Diría que lo más importante de esta época fue el conocer al PERIODISMO de manera profesional. Con diecisiete años me involucré en un mundo de letras, de clases magistrales absurdas, de artículos y de entrevistas con el que confirmé que ésta es una de las grandes pasiones de mi vida.

Aunque parecía que en Sevilla había encontrado mi lugar, que era feliz, siempre fui consciente de que la vida es corta y de que las oportunidades no hay que dejarlas pasar. Y las becas universitarias, tampoco. Después de terminar los tres primeros cursos en la Facultad de la calle Américo Vespucio me mudé unos kilómetros más al este, a la ciudad italiana de Teramo. Allí estuve durante nueve meses disfrutando de mi Erasmus. Durante este periodo en el que me familiaricé con la lengua de Italo Calvino y recorrí el país de norte a sur, desde Pompeya hasta Venecia, boquiabierta ante cada escultura, ante cada duomo, anonadada de que tanta belleza fuera posible. Disfruté de la pizza, de los helados y de las góndolas tanto como pude; pero cuando llegó el momento de partir apenas pude ponerme triste porque un nuevo destino me esperaba: Barcelona, con todo lo que tiene de ciudad europea al borde del Mediterráneo. Allí charlé con independentistas, razoné con anti-catalanistas, aprendí todo cuanto pude lo que me enseñaron en la UAB y, casi sin darme cuenta de ello, finalicé los estudios que había empezado cinco años antes.

Este es el momento en el que cualquier universitario se plantea el saltar por el precipicio. Qué hacer con la vida de uno es el dilema fundamental, lo que te quita horas de sueño. En aquel entonces, el mercado laboral ya estaba jodido (no tanto, es cierto) y la opción de estudiar un Máster no era una posibilidad real para mi maltrecha economía. Así que motivada por una historia de amor, por una familia con la que no convivía desde hacía años, por el sol y por la playa, decidí regresar a mis islas a probar suerte. Como es de suponer, los planes no funcionaron del todo y presa del pánico de la pasividad, del desempleo y de las líneas perdidas para mi currículum me lié la manta a la cabeza y, en un abrir y cerrar de ojos, me vi en Holanda cuidando a tres niños que no me importaban en lo más mínimo y que me hicieron la vida todavía más complicada. A día de hoy diría que ésta ha sido, probablemente, una de las peores decisiones que tomé. Claro que de todo se sacan cosas buenas, y con esta experiencia reactivé el inglés, conocí un nuevo país y forjé amistad con personas que, de otro modo, no habría visto en mi vida. Pero la categoría au pair es algo que no quiero volver a tener...

Dos meses duraron mis andanzas en el país de los tulipanes antes de que por segunda vez en poco tiempo regresara al archipiélago. Sin planes, sin esperanza, sin perspectivas de futuro. Iba un poco a tientas, probando suerte aquí y allí. Me presenté a entrevistas de trabajo que fueron una broma y volví a estar morena. Ocupé mi tiempo con un curso de Infografía ofrecido por el Servicio Canario de Empleo con el que aprendí a crear muñecos virtuales. Lo mejor de esta etapa fue, sin duda, el involucrarme de lleno en la escritura de un libro que ha visto la luz hace tan sólo tres días (abril de 2012) y del que estoy tremendamente orgullosa. También fue importante el nacimiento del 15M y todas las tardes que pasé en asambleas y talleres. El verano se iba acercando y todavía no había un plan posterior. Seguía deambulando por las calles isleñas, visitando portales de empleo y viviendo de las sobras de la beca del año anterior. Pero la sorpresa llegó de repente. A finales de mayo me comunicaron que había sido seleccionada para realizar prácticas en TVE Canarias durante julio y agosto. Finalmente parecía que el periodismo, mi profesión, volvía a cruzarse en mi camino. Esos dos meses fueron intensos y guardo un gran recuerdo tanto de las historias que conté como de los compañeros con los que trabajé. Aprendí cómo comunicar a través de la pequeña pantalla y conocí Gran Canaria de una forma completamente diferente de la que estaba acostumbrada.

Ya por ese entonces, en los días en los que era periodista de TVE, sabía cuál sería mi próximo destino, que es desde donde escribo ahora. Dispuesta a seguir disfrutando de las becas universitarias hasta que me lo permitieran, había solicitado una Erasmus Prácticas que me había sido concedida. Así que con las maletas de nuevo hechas emprendía una nueva vida en Londres, esta vez en compañía de ese protagonista en la historia de mi vida.

Ahora, siete meses después de mi llegada a Reino Unido, vivo en la gran ciudad con una mezcla de felicidad y frustración. Felicidad porque soy periodista no remunerada, porque llevo una vida de persona adulta, porque tengo una cama de matrimonio, porque me han dado mi primer carné de prensa, porque tengo la solvencia económica para salir a cenar un día si me apetece. Y frustración por sentirme, a fin de cuentas, una inmigrante, alguien que quisiera regresar a su país, ser reportera de TVE, o de Antena3, o de El País, o de cualquier otro medio, estar cerca de los suyos y no tener que ver, desde la distancia, como el lugar al que pertenece se desangra de forma lenta y dolorosa.

Por eso, y hasta nuevo aviso, esta periodista seguirá informándoles desde Londres, la ciudad llena de oportunidades y gente triste.





ME GUSTA: El olor a mar que se siente nada más bajar del avión en el aeropuerto de Gran Canaria; el queso; los besos de buenas noches; Julio Cortázar (y la Maga); Amelie; García Montero; la pizza margarita de la Pizzeria da Mario; una cerveza con una buena tapa; comprobar con disgusto como mi hermano va siendo más alto que yo; montar en bicicleta; el agua; la fotografía; descubrir secretos; andar descalza; Ismael Serrano y Carlos Chaouen.

NO ME GUSTA: Preparar el café cuando me despierto por la mañana; el frío; las alcachofas; estar lejos de; que se acabe el tubo de pasta de dientes; perder amigos; la gente categórica; no encontrar trabajo; sentirme inútil; tener los pies helados cuando voy a dormir; estar sola en casa por la noche; que se termine la tinta del bolígrafo cuando no he acabado de escribir; quitar los restos de comida del fregadero; esperar a los que llegan tarde.

1 comentario:

Lorena dijo...

Es curioso cómo la vida pone y quita personas de tu camino. Es bonito saber, desde la distancia, que esas personas a las que ya no ves y con las que posiblemente no compartiste tantas palabras como deberías, consiguen poco a poco abrirse un huequito en sus sueños.
Enhorabuena. Por cada viaje. Por cada experiencia. Por cada palabra escrita y sueño cumplido.