miércoles, 25 de febrero de 2015

Echar de menos

Te echo de menos. Mi manchi. Et trobo a faltar. I miss you. Tenho saudade de você. Recorro el mundo pronunciando palabras, frases, que sólo me recuerdan a ti, a tu presencia eterna e infinita. Miles de idiomas que sirven únicamente para expresar un sentimiento, una realidad, la mía. Especulo con mis fantasmas sobre qué estarás haciendo ahora. Quizá bebas chelas en un bar de Santiago, en aquel en el que nos besamos siendo sólo unos adolescentes mientras sonaba Silvio Rodríguez y el retrato del Ché decoraba las paredes. 

En aquellos años los ideales eran más fuerte que la evidencia, los sueños más apropiados que la realidad, las caricias por debajo de la mesa más oportunas que las miradas indiscretas que nos lanzaban los camareros.

O quizá no hagas nada de eso y hayas abandonado el impulso de vivir como lo haría un loco, uno de esos chalados que beben ginebra para desayunar, calzan zapatillas con agujeros y prefieren salir a mojarse bajo la lluvia mientras el resto del planeta se refugia en sus paraguas. Te imagino entonces con tu disfraz de chico responsable, sentado frente al escritorio, metódico, detallista, buscando insaciablemente la perfección, siendo la prueba definitiva de que los hombres más excepcionales de este mundo son simplemente perturbados a los que no les quedó más remedio que mimetizarse con los demás, porque su mente era tan jodidamente fascinante que todos aquellos que alcanzaban a vislumbrar un resquicio de ella quedaban petrificados. Creo que fue así como la dignidad perdió la batalla contra la desidia. O a lo mejor fue sólo cobardía. Qué más da.


Yo te quiero. Io ti amo. T’estimo. I love you. Eu te amo. Repaso cada una de nuestras fotografías. Mi mano. Tu boca. Mi pecho. Tu sonrisa. Mi respiración. Tu ombligo. Mis ansias. Tu alegría. Mi esencia. Tú todo. Ya casi no distingo los escenarios, el lugar en el que me dijiste te quiero, la playa en la que nos bañamos desnudos para sentirnos más vivos que nunca. Pero lo cierto es que nada importa, que todo puede desaparecer de nuestro alrededor porque hemos encontrado la esencia que nos define. 

Abandonamos las caricias por debajo de la mesa por copas de vino y sonrisas educadas. Nos pusimos trajes y corbatas y finalmente comprendimos que es la realidad la que forja los sueños, aunque a veces parezca lo contrario. Y en este tumulto de contradicciones me agarro a tu mirada para saber que nada ha cambiado en realidad. Me aferro al hilo de aire que sale de tu nariz para volar tan lejos como aguanten nuestras ganas. Otra vez cruzamos océanos, hablamos dialectos y lenguas ajenas, nos perdemos en abrazos que nos consuelan y nos reconfortan pero que nunca son los abrazos que precisamos (yo el tuyo, tú el mío), nos inventamos cuentos e historias que mantienen al alma despierta. Todo para no desfallecer en el intento de seguir nuestro camino, el que hemos elegido, el que nos mantiene unidos. El que nos hace ser quienes somos: los amigos, los amantes, los compañeros, los camaradas, los enamorados, los inseparables.

Bienvenida a Sao Paulo

Describir Sao Paulo es un reto complicado. Supongo que por eso no me he sentado a retomar este proyecto (mi blog) hasta ahora, un mes después de mi llegada a este país. ¿Cómo explicar que nada es lo que parece, que la peligrosidad no es sino los delirios de grandeza de unos cuantos, que la gran urbe se transforma para acogerte y mimarte, para que te sientas a gusto? ¿Cómo reconocer que los prejuicios calaron tanto en mí que yo también fui parte de esa sociedad des-informada, que había renegado de un rincón del mundo que ahora me cuida y me fascina? No es sencillo quitarse la venda y mirar frente a frente lo que tienes delante, y es por eso, supongo, que las primeras impresiones han tardado en llegar, que las certezas han deambulado un tiempo por mi mente y que es ahora cuando finalmente las asumo y las comparto.