domingo, 8 de abril de 2012

I ♥ Brixton

Brixton es uno de los muchos barrios de Londres. Está situado en el suroeste de la capital y pertenece al borough de Lambeth, uno de los más pobres. La etnia predominante aquí son los afrocaribeños, personas negras que en su momento emigraron de Jamaica, Haití u otras islas del Caribe para hacer de éste su nuevo hogar. Hacia los años 80 era un lugar peligroso, de bandas, pistolas y asuntos de droga. Aunque hoy en día empieza a ser visto como un lugar moderno y bohemio, aún son muchos los que se sienten intimidados al hablar de Brixton y, más todavía, al visitar sus bulliciosas calles. Pero Brixton tiene algo diferente que no encuentras en otras partes de Londres: mucha vida.



Antes de ir a visitar la casa que íbamos a alquilar, Javi y yo decidimos informarnos un poco acerca del barrio a través de internet. Fue una mala idea. Se hablaba de crimen, de una elevada peligrosidad, de gangs. Algo que caracterizó a Brixton durante la década de los 80 fueron sus disturbios. El 11 de abril de 1981 tuvo lugar uno de los más serios que se recuerdan en la época, donde 279 policías y 45 civiles resultaron heridos, se quemaron un centenar de vehículos y 150 edificios fueron dañados. A éste le siguió otro cuatro años después, en 1985, de magnitudes menos importantes pero en el que un fotógrafo murió como consecuencia de heridas en la cabeza. El último de los históricos disturbios ocurrió en 1995, el cual duró tan solo cinco horas. En los tres casos, el motivo por el que empezaron las revueltas estuvieron relacionados con la actuación de la policía, acusada durante años de racista y de perseguir de forma indiscriminada a los afrocaribeños de la zona. No en vano, la banda inglesa The Clash escribió una canción titulada Guns of Brixton.



Este barrio tampoco ha estado a salvo de agresiones explícitamente racistas. En 1999 un tal David Copeland, neonazi, hizo estallar una bomba en una de las calles más transitadas del barrio, donde se encuentra el mercado, dejando a 50 personas heridas.

También muy cerca de Brixton, en Stockwell, tuvo lugar otro de los acontecimientos más comprometedores para la Metropolitan Police. En 2005, en la estación de metro correspondiente a este barrio, la policía abrió fuego contra el joven brasileño Jean Charles de Menezes, quien murió en el acto. Según cuentan, el chico adoptó una actitud extraña y lo confundieron con uno de los terroristas islámicos que perpetraron los atentados de julio de ese año. Las lagunas en torno a esta versión son grandes y aún hoy día se cuestiona la actuación de la policía.

Mural recordatorio en memoria de De Menezes


Estos son sólo algunos de los típicos ejemplos con los que se encontrará aquel que busque información sobre Brixton. Pero como decía al principio, esta zona de Londres tiene, para mí, un encanto que he ido descubriendo con el paso de los días y que contribuye a que cada vez me guste más el área en la que vivo. 

Su mercado, por ejemplo, es uno de los más peculiares de los que se pueden visitar en toda la ciudad. Callejuelas, pasillos y edificios están repletos de tiendas para todos los gustos: pescaderías, carnicerías, pastelerías, comercios dedicados a la venta de pelucas, zapatos o ropa, ferreterías, restaurantes (franceses, jamaicanos, colombianos, españoles, italianos, ingleses)... son sólo una muestra de lo que podemos encontrar aquí. El olor es intenso, una mezcla a carne ensangrentada y especias, a agua sucia y humanidad. De repente decides atravesar una galería comercial y parece que has salido de Londres y que has viajado al corazón de África, con peluquerías de tres metros cuadrados en el que las negras se hacen trenzas en el pelo y donde una agencia de viajes consiste en una mesa y un ordenador con un cartel escrito a mano que anuncia sus servicios. 

Frente al ayuntamiento, en la plaza de la biblioteca, está el Ritzy, uno de los cines independientes más antiguos de Londres. Por suerte, aún conserva el carácter de los cines de hace unas décadas, sin centros comerciales alrededor ni un acoso de márketing continuo para que consumas Coca-Cola. El ambiente aquí es acogedor, con un olor tradicional a palomitas y unas pizarras en las que se anuncian las películas que se proyectarán, escritas con tizas de colores. No hay cartelería ni letreros luminosos. En el Ritzy también encontramos un bar en el que los clientes pueden disfrutar de un café o una cerveza e incluso escuchar música en vivo depende qué días.



Otra de las cosas que me fascinan de Brixton es la conciencia de colectividad que se respira en él. La gente de Brixton es de Brixton, no de Lambeth o de Stockwell o de Clapham. Para incentivar el consumo local en pequeños comercios y no en grandes superficies, una organización decidió hace un par de años promover el "Brixton Pound", una moneda no regulada pero aceptada en un amplio repertorio de tiendas. Por cada diez libras esterlinas que cambies, recibes once de las otras. Además, el usuario recibe algunos incentivos por usar el Brixton Pound, como ofertas 2x1 en algunas cafeterías. 

En el aspecto deportivo, llama la atención el parque de olas para practicar skate y bicicleta. Situado en una gran esquina entre Stockwell Road y Stockwell Park Walk, pararse diez o quince minutos a contemplar las acrobacias de grandes y pequeños es algo que merece la pena. Las barreras de la edad se rompen en una actividad mágica de piruetas imposibles, de niños que apenas empiezan a caminar tratando de imitar a señores con canas que están por encima de prejuicios atribuidos a la edad.


Todos estos aspectos de Brixton tienen que aderezarse, cómo no, con un ingrediente fundamental como es la gente que vive aquí. Abuelos jamaicanos con rastas y gorros de colores, señoras africanas que podrían haber salido perfectamente de un capítulo de El Príncipe de Bel Air, niños con pinta de gamberros y un largo etcétera de personajes peculiares.

Por eso digo que sí, que es cierto que este es un barrio marginal, pobre, donde las noticias acerca de bandas, apuñalamientos y disparos son más frecuentes de lo que me gustaría y donde tienes que estar atento para evitar problemas; pero que a pesar de ello me encanta y me hace alejarme, a ratos, del sombrío y triste carácter de otros lugares de Londres e Inglaterra. Porque, ¿qué es la vida sino un riesgo continuo para poder disfrutar de los pequeños placeres?





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