domingo, 30 de mayo de 2010

¡Feliz día de Canarias!

Pues sí, señores. Hoy, 30 de mayo, es el día de las Islas Canarias, ese archipiélago perdido en medio del Océano Atlántico del que los peninsulares apenas saben nada, excepto que tiene muy buen clima y que los oriundos del lugar poseen un acento muy sexy... Pero lo cierto es que la realidad social de las islas es compleja. El canario es un ser despreocupado, feliz, al que le gusta la marcha, tomarse sus papas con mojo y estar tranquilo en su cotidianeidad. Prueba de ello es, sin ir más lejos, la televisión. No sé por qué hoy me ha dado por acordarme de Canarias y de sus "Minutos musicales". Todo el mundo sabe que las cadenas nacionales en ocasiones hacen desconexiones territoriales para incluir programaciones más regionalistas. El caso es que en las afortunadas esto ocurre incluso con la publicidad. Si bien en el resto de España los anuncios son los anuncios, y basta, en Canarias hay un especial apego por amenizar esos incordiantes minutos con música. Pero no, no se piensen que se trata de Mozart, de Calamaro, de los Rolling Stone... no. 


Se trata de esto.





PEPE BENAVENTE - POR MEDIO PESO



TRÍO ZAPATISTA - PARACETAMOL



Por suerte, esto es de lo mejorcito que podían poner. En plena época del esplendor reggetoniano trataban de inculcar la cultura de la gasolina con unos videoclips un tanto grotescos...


K-NARIAS - NO TE VISTAS QUE NO VAS



DON OMAR -  DALE DON DALE





Con el paso del tiempo llegó un momento en el que se introdujeron videoclips de artistas ya consagrados, aunque no menos deleznables. A veces, estaban acompañados por otros de grupos que trataban de ser serios y que se convertían en unos imitadores tropicales de Andy y Lucas.


JOSÉ VÉLEZ - CORAZÓN LATINOAMERIICANO



ALMAS GEMELAS - MENTIRAS
(Estos dos son de Sevilla, pero viven en Canarias desde hace tiempo)



Créanme, hay muchos más. Desde el gran Arístides Moreno (y este realmente tiene mucha fama) hasta la banda de timple de la Aldea de San Nicolás. Absolutamente todos pueden tener su minuto musical gracias al altruismo de las televisiones en Canarias. No obstante, si realmente consideran que no les apetece cultivar su intelecto musical ampliando sus conocimientos en cuanto a este género se refiere, siempre podrán cambiar a Telecinco y disfrutar de los fondos marinos de El Hierro acompañado por música relajante... (siento no haber encontrado vídeo de esto XD)


PD: Que conste que todo esto lo hago desde el cariño más sincero y absoluto a mis islas, que para eso soy medio canaria... ¡pero es que el tema de los minutos musicales es algo que jamás lograré entender!




*Actualización.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Instrucciones para dormir

Tenga especial cuidado, antes que nada, por extraer de su cuerpo todo objeto punzante que pueda causarle heridas (navajas suizas, cuchillas de afeitar, el bolígrafo con el que escribe). Después, pruebe a mantenerse unos segundos erguido delante del colchón visualizando el momento de tumbarse, ya que así conseguirá mejores resultados llegados al último paso. Curve ligeramente su espalda y quítese los pantalones, o la falda si es usted una señorita pizpireta, vuelva a incorporarse y haga lo propio con la parte superior de su indumentaria. Llegados a este punto, usted deberá elegir si se adosa el conocido pijama o si salta directamente el siguiente nivel. Seguramente, esta decisión estará influenciada por condiciones climáticas ajenas a su voluntad, pero de todos modos debemos avisarle de que una opción u otra influirá en los posteriores sueños (entendidos aquí como elucubraciones mentales involuntarias y generalmente agradables que nos hacen vivir situaciones irreales. No confundir con la acción/verbo del cual en este momento ofrecemos instrucciones).

Bien, si es aventurero se encontrará delante de un colchón casi desnudo, en posición erguida y con los párpados cansados. Si no lo es, se encontrará exactamente igual pero con un pijama de franela que elimina de súbito toda posibilidad de experimentar sensaciones amorosas con algún amante intrépido que se cuele por su balcón. Ahora encienda la lamparita de su mesilla de noche y apague la luz del techo. Ya hemos conseguido un ambiente íntimo. Es posible que justo en este instante el hijo de su vecino esté ensayando con la flauta su lección de música. Trate de ignorarlo.

En su cara se reflejan las aventuras de un largo día, se siente la pesadez de la monotonía. Levante todas las capas de las que disponga su colchón hasta que sobre él sólo quede una. Esto es la sábana bajera, o de abajo. Siéntese sobre el borde de la espuma, no muy al filo pero tampoco muy hacia adentro, y pruebe a colar sus piernas peludas, depiladas, largas, cortas, ágiles o atrofiadas entre el hueco que habrá quedado si realizó correctamente la acción de separar las capas. Deslícese hacia abajo hasta que su cabeza quede a la altura de un objeto independiente situado en la cabecera y llamado almohada. Le informamos que ya está usted a punto de conseguir el objetivo. Ahora, debe tomar una última decisión (nadie dijo que esto fuera fácil) y es colocarse en una determinada postura. Para consultar el catálogo disponible, le recomendamos que consulte el Anexo 1 adjunto al final de estas instrucciones. Cierre sus ojos, sienta el olor de una playa, oiga el aroma de la comida de su madre, paladee el aire fresco de una excursión en la montaña. Hasta aquí ya ha hecho todo lo que estaba en su mano. Lamentablemente, debemos informarle que este ritual en sí no es verdaderamente válido, ya que cabe la posibilidad de que, después de todo, su cerebro no tome la decisión de dormir hasta pasados varios minutos e incluso horas. Aún así, le deseamos buenas noches.

domingo, 16 de mayo de 2010

Maras. Cuando lo marginal se convierte en amenaza.


“Por mi madre vivo, por mi mara muero”. Éste es el lemas de lo mareros. No hay razonamiento, no hay lógica, no hay miedo. Sólo se puede llegar a percibir el asco más absoluto hacia la vida, la sensación de que todo está perdido y por lo tanto no importa jugarse la existencia en una rivalidad sinsentido. Para estos jóvenes, los días en El Salvador transcurren entre tatuajes, disparos, droga y sexo.





LA HISTORIA
El término mara procede de marabunta, una especie de hormiga africana que ataca en colectividad, siendo en conjunto una verdadera máquina de matar. Para encontrar el origen de estas bandas debemos remontarnos a los años sesenta en los Estados Unidos, en la ciudad de Los Ángeles. La prosperidad económica derivada del final de la II Guerra Mundial comienza a tambalearse y los gobernantes y empresarios empiezan a tomar medidas de carácter restrictivo: recorte de prestaciones sociales, cierre de fábricas, aumento de las horas de trabajo. Los principales afectados son los obreros, entre los que se encontraban grupos inmigrantes de Centroamérica que huían de las dictaduras. Estos ven cómo la pobreza les ataca cada vez con menos compasión, cómo las escuelas de sus hijos se caen a pedazos y cómo sus casas comienzan a parecer verdaderos zulos. Esta situación de marginalidad provoca que algunos jóvenes traten de apoyarse entre ellos, para lo cual forman pandillas.

La primera pandilla de la que se tiene constancia es la 18, nombre que recibe por ser ésta la calle en la que se situaba en Los Ángeles. Poco después, y para hacer frente a ésta, surgirá la Mara Salvatrucha. Ambas son todavía hoy potenciales rivales, a pesar de vivir en las mismas condiciones y tener los mismos escasos recursos. Paulatinamente, los inmigrantes centroamericanos irán regresando a sus países de origen, llevando consigo esta filosofía de vida y la convicción de que pertenecer a una mara es lo más importante para poder sobrevivir.

INGRESAR EN LAS MARAS
Para comenzar a formar parte de cualquiera de las maras es necesario pasar por un ritual que no deja dudas acerca de la agresividad que se respira en su interior. Para los varones, consiste en dejarse dar una paliza por el resto de miembros durante un tiempo variable (supuestamente, en la Mara Salvatrucha son trece segundos, por ser ésta la calle de Los Ángeles en la que nacieron, aunque si se muestra resistencia se comienza a contar de nuevo; para la Mara 18, dieciocho segundos). A las mujeres, en cambio, se les exige que mantengan relaciones sexuales con los miembros del grupo (puede ser desde tres o cuatro hasta la totalidad de los integrantes). Aún así, también pueden sufrir la misma prueba que los chicos.

En cuanto a la forma de identificación, los tatuajes son la principal herramienta para indicar a qué banda se pertenece. Los maras no dudan en tatuarse todo el cuerpo, incluido el rostro, con los símbolos propios de cada una. Los dibujos son casi una biografía. Tanto es así que, por ejemplo, entre los dedos índice y pulgar es fácil encontrar tres puntos que pueden identificar bien el asesinato de tres policías o bien la secuencia de “cárcel, hospital y tumba”, haciendo referencia al ciclo vital de estos jóvenes, que deben pasar por las tres experiencias.


CHRISTIAN POVEDA Y EL PERIODISMO
Conocer la vida de los maras de cerca, hablar con ellos y llegar a entender su situación no es fácil. Cualquier periodista que intente introducirse en uno de los grupos corre el riesgo de que los adversarios lo consideren uno más y pasar a estar en su lista de enemigos.

Christian Poveda era un fotógrafo y cineasta hispano-francés conocido por su interés en cubrir diversos conflictos alrededor del mundo para sacarlos del olvido. Hijo de padres españoles exiliados durante la dictadura franquista, nació en Argelia y se refugió en París con sólo seis años. Un reportaje sobre el Frente Polisario fue el que lo lanzó a la fama, aunque también trabajó sobre la invasión de EEUU a la isla de Grenada y diversos acontecimientos en América Latina. Sus últimos años de vida los dedicó a cubrir el fenómeno de las Maras en El Salvador. Durante dieciséis meses tuvo una estrecha relación con la Mara 18, tiempo durante el cual varios de los protagonistas del documental fueron asesinados. El resultado fue La vida loca, filmada con cámara al hombro y en la que se recoge la cotidianeidad del día a día. El documental se ha presentado en varios festivales, entre ellos el de San Sebastián, y se ha estrenado en varios países. En el caso de El Salvador, el cineasta había expresado su preocupación por llevarlo a las salas de cine debido a los altos niveles de criminalidad y la inseguridad que le provocaba, aunque sí se llegó a reproducir en museos y universidades.

No obstante, las precauciones no han sido suficientes. El 2 de septiembre del 2009 Christian fue asesinado. Su cuerpo fue encontrado con cuatro impactos de bala en el rostro. De momento parece que hay cinco personas detenidas como autores de su muerte, cuatro pandilleros y un policía, aunque no se ha dictado ninguna sentencia firme.

Coincidiendo con el Día Mundial de la Libertad de Prensa (3 de mayo), la Asociación de Periodistas de El Salvador, APES, solicitó que se esclareciera el caso del asesinato de Poveda. "En el caso de Christian Poveda hay capturas, se supone que se ha hecho un avance, pero no hay demostración pública de que se tiene certeza de qué es lo que pasó, por qué lo asesinaron, cuál es la relación de ese asesinato con el trabajo de cine que él hizo", declaró a Efe el presidente de APES, Rafael Domínguez. Aún así, en el informe de Reporteros Sin Fronteras de 2007 El Salvador aparecía en el puesto nº64 en cuanto a lo que se refiere a Libertad de Prensa, por encima de otro países como Argentina o Brasil.

Sea cierto o no que El Salvador es uno de los países donde mejor se puede ejercer el oficio de periodista, en cuanto a restricciones gubernamentales, las posibilidades quedan drásticamente reducidas si debemos lidiar con grupos y bandas callejeras de alcance internacional (incluso hay quien afirma que ya han llegado a España), pandilleros que disponen de armas y carecen de escrúpulos para tomarse la ley por su mano.

LA VIDA LOCA
El documental dirigido por Christian Poveda está disponible por trozos en YouTube. Aquí os dejo la primera parte. Espero que lo disfrutéis tanto como yo. Gracias a Javier Aguilar por habérmelo recomendado.


Cartel de La Vida Loca


PARA SABER MÁS

viernes, 14 de mayo de 2010

Ana enamorada

Aquella mañana, como tantas otras que marcaban su rutina perfecta, Ana se había levantado temprano. Le gustaba dormir desnuda para sentir el calor del nórdico directamente sobre su piel, para no enredarse entre perneras caprichosas que se obstinaban en trepar por sus canillas buscando dios sabe qué. Sin intentar taparse, se dirigió a la cocina y preparó la cafetera, divertida al pensar que su vecino vouyeaur debía disfrutar muchísimo con aquel espectáculo. En unos minutos estaba saboreando el sonido que indicaba que el café estaba listo y despertando con el cálido aroma que emanaba del otrora frío acero. Pero algo fallaba en la escena repetida hasta la extenuación cada 08:00 a.m. de cada día laborable. A diferencia de otras veces, se encontraba sola ante el ritual. Jorge no aparecía entre bambalinas ni attrezzos. De hecho no había dormido en su cama, ni había oído su canto en la ducha, ni la había besado mientras ella aún remoloneaba entre las sábanas, mojándole los párpados con las gotas de agua que caían de su pelo. Como lluvia de abril... como lluvia de abril.

Se habían conocido hacía casi siete años en un Madrid apático y nostálgico de felicidad. Ingenuos turistas, típicos visitantes, ambos esperaban para fotografiarse ante el portal del piso que alguna vez Calamaro tuvo en la capital española. Qué curioso. Ahora era ella quien, como los salmones, tenía que aprender a volver a casa, deshacer el camino de sueños e ilusiones. Río arriba, contracorriente.

Miró el reloj. Absorta entre tanto pensamiento se le había hecho tarde. Se vistió a toda prisa, apuró el último sorbo del líquido amargo y salió a la calle, despampanante doncella de ojos tristes. Caminaba a un ritmo uniforme, seguro, constante. De nada sirvió, pues al poco sintió un dolor agudo en el centro del pecho. No podía pasar por allí. Ante sus narices se mostraba, espléndida como siempre, la plaza cargada de naranjos en flor, el olor a azahar, los bancos vacíos que esperaban la llegada de los colegiales a la hora del recreo. Aquel había sido el rincón en el que Jorge y ella acudían cuando necesitaban viajar sin moverse de la ciudad, cuando el agobio y las prisas le pisaban los talones y obnubilaban toda predisposición a ser felices. Instintivamente, movida por el miedo indescriptible de cruzar la plaza, corrió hacia una callejuela estrecha esperando encontrar algo desconocido allí que le permitiese claudicar en sus conexiones mentales. Estaba nerviosa, respiraba profusamente, casi jadeando. En realidad, no entendía muy bien a qué venía todo aquello. Ya hacía algún tiempo que el fatídico desenlace tantas veces imaginado se había materializado de la forma más rutinaria del mundo. Una taza de café, un quiero ser tu amigo y el manido ya nos veremos fueron el broche final de un mundo que para ella había llegado a ser el único y verdadero. Se dejó caer cansada sobre una pared fría y blanca y se deslizó hasta quedar sentada sobre la acera. Fue entonces cuando sintió una especie de murmullo, unos ojos que la espiaban. Se asustó y pensó que debía resultar realmente patética allí tirada, huyendo de un parque y una voz desconocida. Al incorporarse se encontró frente a frente con un hombre al que identificó como un mendigo: desdentado, sucio, con la piel ajada y una sonrisa sin escrúpulos. Toma, bonita, le dijo. Mientras le alargaba su mano, Ana alcanzó a ver los dedos un tumulto de color, pétalos y espinas. Eso era precisamente lo que menos necesitaba, no quería rosas en su vida, no quería nada que le recordase a él. Sin esperar una respuesta, el hombre se deshizo de su regalo colocándolo a los pies de Ana, se dio la vuelta y desapareció. Motivada por un natural instinto curioso, se agachó para inspeccionarlo. Lo miró como si entre sus hojas se hayase un codiciado secreto, lo olió aspirando con fuerza, tratando de rememorar alguna noche de pasión. Entonces descubrió una nota minúscula debajo de la flor. La leyó.

“Bodtoie. No una rosa. Esto es un bodtoie. Huélela cuando lo necesites y volverás a enamorarte. ¿Magia? Quizás...”

Aquello parecía una broma de cámara oculta. De repente una extraña sensación se apoderó de ella. Ana trato de contenerse, pero le fue imposible y una tímida sonrisa apareció en sus labios que por primera vez en mucho tiempo expresaban alegría. No podía ser cierto, pero sin previo aviso sentía unos deseos irrefrenables de buscar al mendigo.

lunes, 10 de mayo de 2010

Excursión a Montserrat

Hacer excursiones es algo que me divierte desde pequeña. Pasar un trayecto relativamente corto mirando paisajes, cantando u oyendo canciones, imaginando qué encontrarás al final del camino. Entonces llegas y te dispones a explorar una zona desconocida, a descubrir los secretos que se encuentran entre ventana y ventana, en los ojos de las cerraduras.

Ayer organizamos una de estas excursiones al Monasterio de Montserrat. Bien es sabido que no soy una santa devota y que más bien se me podría calificar como atea, por lo que aquello que más me emocionaba no era pensar en poner mis pies bajo techo sagrado, sino hacer el camino que llevaba hasta aquella construcción, sentir a las montañas rodeándome, volverme pequeña ante un mundo gigante y magnífico. Lo cierto es que de todos los que viajaban en el vagón fuimos los únicos que optamos por esta opción más sana y económica (la cremallera costaba 8€). Así que, algo asustados por la advertencia de una caminata de cerca de dos horas, nos pusimos rumbo a nuestro santo monasterio. La primera parada era en Monistrol de Montserrat, un pueblo de 3000 habitantes, en el que pudimos disfrutar de un espectáculo propio de las tierras catalanas: los castellers. Una masa de hombres que hacían fuerza conjunta para que nadie sufriera, para proteger lumbagos, espaldas y cervicales. Niños que trepaban hasta llegar a lo más alto, que se colgaban de brazos y piernas, que enredaban sus pequeños pies entre las canillas de cualquiera. 

Allí nos indicaron la dirección para empezar nuestra ruta de senderismo. Al principio, caminos angostos, trepar por piedras, saltear algún que otro barrizal. Al poco, todo se hizo mucho más sencillo. Terreno llano y casi todo el tiempo cuesta abajo. ¿Que cómo era posible descender si el Monasterio estaba sobre nuestras cabezas? Lamentablemente, nadie se hizo esta pregunta. Después de caminar durante más de media hora desembocamos en una carretera, aunque lo que más nos sorprendió fue ver un letrero que indicaba que para llegar a nuestro monasterio debíamos deshacer todo lo andado. Refunfuñamos y protestamos, pero no había más remedio que dar media vuelta y tratar de descubrir en qué punto nos habíamos desorientado... Lo cierto es que nos habíamos confundido nada más empezar, justo en el momento en el que se iniciaba el afable camino. Como ya eran más de las dos de la tarde y el tiempo invertido hasta el momento nos había dado cero beneficios, tomamos la más sabia decisión: bajar de nuevo a Monistrol y bebernos unas buenas cervezas en honor de todos los santos de este mundo. 


Después de dos jarras de medio litro y una tapa de ravas, a precios populares y rurales, llegó el momento de volver a Barcelona. Una visita rápida por las calles, un par de fotos a algunas puertas antiguas, a candados oxidados y a ventanas rotas. Finalmente, caminamos bajo la lluvia y cogimos el ferrocarril que nos devolvía a la gran urbe, a la masa de hombres que no se abrazan, a las montañas de gases que emanan de los coches. A las cervezas a 3€...