viernes, 26 de abril de 2013

6.202.700

Hace tiempo, mucho tiempo, que no conseguía sentarme ante el ordenador y escribir. Han pasado los meses a una velocidad de vértigo y las palabras se me han ido agotando poco a poco, sin darme demasiada cuenta. Han ocurrido muchas cosas en mi vida, en el mundo, pero pocas (o ninguna) han conseguido despertarme del ensimismamiento en el que me encontraba, crear ese sentimiento de indignación tal que sólo se calma con las palabras, con la denuncia, con lo que mejor sé hacer, que siempre ha sido escribir.

Pero hoy, sin embargo, ya no he aguantado más.


6.202.700. Esa cifra no para de resonar en mi cabeza. Es un número enorme, grandísimo, pero irreal. Sorprende y asusta verlo en los titulares de los periódicos, es perfecto para ello, pero es tremendamente injusto. Demasiado redondo. 6.202.700. No me lo creo. Escandaliza pensar que todos ellos son personas, jóvenes, padres, madres, abuelos no demasiado viejos como para jubilarse. Seguramente sean 712, o 758, o 731... y se empeñan en hacerlo fácil, "dejémoslo en 700". Hoy, sólo un día después de que se conociesen estos datos, me ha resultado complicado dar con la cifra exacta, cuando debería ser portada de todos los diarios, de todas las páginas web, abrir noticieros, sonar en todos los avisos horarios de la radio. "Son las cuatro, las tres en Canarias. Y en España hay 6.202.700 parados". Así, día tras día, para que no nos olvidemos, para hacer justicia a todos esos héroes que siguen luchando para salir adelante un día más.

Hace mucho que no escribo, y les ruego que me disculpen. En esto, como todo en esta vida, la práctica va unida a la calidad. De todas formas, hoy no busco sorprender con literatura. Busco vomitar, busco la rabia, la ira, la desilusión, la tristeza, la angustia. Busco expulsar todo eso y que quizás ustedes lo compartan conmigo.

Porque no entiendo hasta qué nivel de inhumanidad hay que llegar para actuar como ellos lo hacen. Ellos no son sólo los políticos, no me malinterpreten. Ellos son todos los que desde un pedestal de lujos y vicios dictaminan órdenes reales y morales, los que nos aconsejan apretarse el cinturón mientras cenan bistec y vino blanco. Hablo de Cospedal y de Cifuentes, pero también del empresario que hace un ERE y de tertuliano que va a Intereconomía. Ellos, los que no tienen ni puta idea de lo que supone levantarse cada día rodeado de mierda, de incertidumbre, y acostarse igual de jodidos. Ellos, los que nunca se han sentido humillados y descorazonados al no poder enviar a sus hijos a la universidad, los que jamás han tenido que dejar de comprar Coca-cola para poder permitirse un litro de leche, los que nunca se han alegrado al encontrar un euro en el bolsillo de una chaqueta antigua. Hay que ser inhumano y muy hijo de puta para obligar al resto a vivir en la miseria con leyes y decretos y recortes y empeoramiento de las condiciones de trabajo para poder mantener una cuenta en el banco llena de números.

Hace año y medio que llegué a Londres y desde entonces he sufrido en primera persona lo que supone el sobrevivir. He aprendido que cosas tan sencillas y básicas como un techo, un medio de locomoción y un plato de comida al llegar a casa suponen un sacrificio inadmisible para la mayoría de los seres humanos. He conocido a gente que dormía en el autobús mientras iba de un trabajo a otro, gente que lo perdió todo y que trata de volver a empezar, gente luchadora y gente que saca fuerzas de donde no las hay para no derrumbarse. Y entre todo ello, de las cosas que más me han entristecido ha sido el visitar un Mc Donald's en el centro de la ciudad en el que el 80% eran españoles. Ellos, nosotros, no contamos en esa cifra de los 6.202.700 parados.

Escribí una vez: "Día a día la ciudad me engulle, me devora sin compasión y sin miramientos. Una más entre diez millones de almas que buscan su lugar, pelean por sobrevivir otro día. El cerebro se atrofia, la actividad mental es casi nula, y tengo miedo y nostalgia. Miedo del futuro arrebatado, de los sueños que cada vez están más lejanos, del no encontrar una salida. Y nostalgia... nostalgia de los días en los que despertaba dispuesta a comerme el mundo, los días de debates, de activismo político, de charlas a la puerta de la universidad. Ya casi no escribo, no encuentro la inspiración, y me limito a mirar el paisaje desde la ventana del autobús. Están consiguiendo que lo único que yo tenía para dar al mundo (mis letras, mis escritos, mis profundos deseos de contribuir a mejorar la humanidad a través de mi profesión) se vayan por el desagüe. Me siento impotente, frustrada, perdida. Las palabras ya no vienen a mí, la persona que siempre soñé ser ya no existe más. Me duele. Van ganando la batalla, y es posible que estas líneas no sean más que los últimos hálitos indescifrables de una moribunda. Desde mi inocencia intento creer que ellos no lo saben,, que no tienen idea de lo que están haciendo a sus ciudadanos. Llamarlo fuga de cerebros es un eufemismo. Se trata de un asesinato múltiple, de una carnicería devastadora."

Ya nada importa. Los seis millones se convertirán en seis y medio y quizá algún día a alguien se le ocurra contar con todos los que nos hemos ido para hacer el número más exacto. Ellos, los que vienen a traernos soluciones, seguirán soltando sus discursos sobre altos estrados y recibirán aplausos de las masas que los entienden y los apoyan. Mientras tanto, 6.202.700 seguirán al borde del cañón, acostándose cada día con lágrimas en los ojos y con un llanto silencioso, todo para intentar no despertar al que tienen al lado.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Triste y desesperanzador es nuestro mundo en esta época. Sin embargo, salgo de este blog con un atisbo de felicidad disfrutando de lo que, según dices, es lo que mejor sabes hacer. Gracias mil!