viernes, 21 de febrero de 2014

Una llamada amenazante

Ayer ocurrió algo que volvió a avivar en mí la rabia y la impotencia. Obviamente estos meses no han estado exentos de enfados, preguntas sin respuesta y desilusiones (sólo hay que ver el panorama político y económico actual para percatarse de una realidad que puede hundir en la miseria hasta al más optimista de los mortales), pero la llamada telefónica que despertó en mi tales sentimientos era algo tan incomprensible y que me dejaba tan indefensa que lo único que se me ha ocurrido como respuesta es escribir este post.



Todo comenzó a finales de junio de 2013. Por esa fecha andaba yo metida de lleno en la realización de un proyecto llamado Building Future, el cual se estaba realizando gracias al programa Youth In Action. En este proyecto yo y otros tres compañeros tratábamos de crear una audioguía sobre cómo instalarse en Londres, con información detallada paso a paso y con trucos y consejos que se derivaban de nuestra propia experiencia. Todos éramos jóvenes profesionales emigrados, con empleos precarios, y todos queríamos poner nuestro granito de arena para ayudar a los que se estaban viendo en nuestra misma tesitura. Además del programa de radio, también disponíamos de un blog en el que colgábamos información, enlaces, fotografías, etc.

Es entonces cuando, con la finalidad de ofrecer un punto de vista institucional sobre el problema de la inmigración, contactamos con la Embajada Española en Londres. A través de un email les resumimos nuestro proyecto y ellos, amablemente, nos derivaron a la Consejería de Empleo y Seguridad Social. Nos enfrentábamos, indudablemente, a la tradicional burocracia que nos caracteriza. No obstante, después de unos cuantos correos electrónicos más conseguimos concertar una cita con una funcionaria pública que trataría de resolver nuestras preguntas.

A pesar de tratarse de una entrevista sencilla, rutinaria, con la que sólo buscábamos una visión oficial, la susodicha me solicitó que le enviase las preguntas con anterioridad, así podría preparárselas y darnos una información más exacta. Obviamente no me negué a ello y así lo hice. El día 2 de julio, mi compañera y yo nos dirigimos al barrio de Notting Hill en el que se encuentra la sede de la Consejería de Empleo y Seguridad Social de la Embajada Española en Londres dispuestas a conseguir datos relevantes que aportaran valor a nuestro proyecto.

He de decir que el comienzo de la entrevista no fue, ni mucho menos, cuanto me esperaba. Una vez pasamos al despacho de nuestra amiga, me dispuse a sacar mi cámara de vídeo, ya que nuestra idea era publicar una noticia en formato audiovisual para el blog. Pero ella, muy cortésmente, dijo que prefería que no se la grabase. "Bueno, entonces usamos la grabadora de voz, ¿no?", dije yo. La respuesta también fue negativa. Ella, que nos había concedido personalmente la entrevista, no nos permitía ningún tipo de grabación. Por mi mente pasaba una pregunta: "¿Y para qué me dice que venga?". Al final, mi compañera y yo comenzamos a hacerle las preguntas pertinentes y a anotar aquello que considerábamos relevante en una hoja.

La entrevista duró, aproximadamente, media hora. Durante este tiempo, no se nos facilitó ningún dato oficial, ninguna respuesta que pudiera esperarse de alguien que trabaja en la Embajada. Aquello mismo me lo podría haber dicho cualquiera que leyese la prensa de vez en cuando, o cualquier otro joven migrante que llevase un tiempo viviendo en Londres. Que si el nivel de inglés no era a veces el más adecuado, que si en Inglaterra se valoraba mucho la formación y la experiencia en el país, que si en la web de la Embajada había información relevante...

Claro que aquel mal sabor de boca me lo guardé para mí. Bueno, para mí y para mi compañera, pues justo después nos fuimos a compartir nuestra desilusión con el resultado de la entrevista frente a un zumo de naranja. Cuando llegué a casa me reservé mis opiniones personales y comencé a redactar la entrevista, en base a lo que recordaba y a los pocos datos que había anotado. El resultado fue, simplemente, una entrevista un poco sosa. Sin más. Y así la colgué en el blog de Building Future. Además, para evitar malentendidos, introduje una nota al final de la publicación en la que dejaba claro que aquellas no eran las opiniones literales de la entrevistada, pero que reflejaban su punto de vista.

Bien. El tiempo pasa. Building Future llega a su fin. Yo, finalmente, abandono Londres y regreso a España. Y, de repente, sin venir a cuento, el 18 de febrero recibo un email de esta funcionaria diciéndome que tenía una "propuesta" para mi pero que se había dado cuenta de que no tenía mi teléfono móvil. Con curiosidad por saber de qué se trataría la propuesta, le respondo y le digo que tendría que contactarme en el número español, y se lo doy.

El 20 de febrero recibo una llamada, que es la que ha dado lugar a este post. La voz al otro lado de la línea se identifica como la entrevistada y, con un tono de voz muy tenso y nada amigable, me dice que acaba de ver que la entrevista que le hicimos está publicada ÍNTEGRAMENTE en el blog de Building Future, y que o se elimina de forma inmediata o se va a interponer una denuncia y se van a emprender acciones legales.

Imagínense ustedes mi reacción. Trato de hacerle entender que es imposible que esté íntegramente publicada porque no grabamos nada, y que esa entrevista se escribió en base a las anotaciones que tomamos. A esto, ella responde que "en ningún momento nos vio coger un boli" y que si es así le mande una fotografía de las notas. Yo, completamente descolocada y sin saber cómo actuar, le digo que en ningún momento pretendimos que eso fuera una fuente de problemas y que sí, que eliminaría la entrevista si así lo quería, pero que si algo estaba claro es que no habíamos grabado absolutamente nada.

Es justo después de colgar cuando los pensamientos y la cordura comienzan a aparecer en mi cabeza. ¿Por qué esta señora me amenaza con denunciarme por publicar algo a lo que ella se mostró dispuesta? ¿Por qué tengo que probar que tengo notas de esa entrevista? ¿Qué ocurriría si no la elimino del blog? ¿Por qué demonios un cargo público se cree con esa superioridad moral y utiliza su posición para intimidar?

El caso es que he decidido borrar la entrevista, por dos motivos:

1. No dice absolutamente nada de valor. Es una entrevista vacía de contenido.
2. No quiero perder mi tiempo en pleitos con personas histéricas, que bastante tengo con intentar seguir para adelante.

No obstante, no quería pasar dejar la oportunidad de compartir esta experiencia tan grotesca y absurda. Porque, por un lado, me he preguntado a mí misma qué hubiera hecho si esa entrevista dijera algo de importancia que realmente la población tuviera el derecho de conocer y, por otro lado, me he dado cuenta de que realmente no conozco cuáles son mis derechos como periodista ni si, en caso de que esta señora decidiera denunciarme, tendría algo en lo que basarse. Prueba de ello es que aún no me atrevo a publicar su nombre.

Lo que sí que tengo claro es que esto no es sino un reflejo de las personas que trabajan en la esfera pública española. Alguien que debería estar al servicio de los ciudadanos, poniendo cualquier granito de arena para mejorar las condiciones tan deplorables a las que nos enfrentamos, se preocupa más de que el resultado de Google muestre su nombre en una entrevista que, no sé por qué motivo, ha decidido que no le conviene que de dar el máximo rendimiento para que los miles de compatriotas que trabajan en algún McDonalds de la capital británica encuentren, por fin, la oportunidad que realmente se merecen.



1 comentario:

Lorena dijo...

Este es uno de los principales problemas de nuestro país: nadie se moja.

Esta señora tendrá otros trescientos gilipollas por encima y a lo mejor ha visto que abrir la boca -aunque no diga nada- puede traerle problemas y claro, problemas gratis no.

Mucho ánimo y valor para seguir haciendo lo que haces. Poco a poco, con mucha gente como tú, preguntona (en el buen sentido) y crítica, igual llegamos a ser uno de esos países a los que nos vemos obligados a emigrar.

Un beso, María